lunes, 1 de octubre de 2018

El choque con el progreso | El Mundo

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Columnistas

El choque con el progreso

Autor: Darío Ruiz Gómez


30 septiembre de 2018 - 09:05 PM




Medellín

Una sociedad sometida a capitales fantasmas que niegan el esfuerzo humano, el sentido ético del trabajo, es una sociedad líquida, una sociedad sin valores.



Hace ya muchos años cuando se inauguró el deprimido de la 80 con San Juan se hicieron dos pestañas tan burdamente hechas que causaron risa. Sin embargo en un aviso se leía:”Esta es una obra de progreso” De manera que el progreso convertido en una ideología política al uso para justificar cualquier error ingenieril, cualquier desafuero urbanístico, cualquier desalojo, comenzó desde los años 70 a convertirse en un contrasentido evidente, pues si, tal como lo atestiguan las fotografías de Gabriel Carvajal tuvimos una excelente ingeniería, la acertada respuesta tecnológica en edificios, puentes, túneles donde en el concreto, el hierro, se logró dar presencia a un nuevo concepto estético y estar a la altura de la mejor ingeniería moderna, algo grave sucedió para que esas disciplinas entraran en crisis y la calidad de las obras públicas se degradara de manera alarmante. Laureles, El Estadio, San Joaquín se constituyeron en ejemplos notables de planeación de un territorio, de un urbanismo que buscaba la luz, la presencia del árbol y el jardín y en la canalización de las quebradas logró obtener una impronta de notable calidad al afirmar la poética de los lugares. El Instituto de Crédito Territorial construía y diseñaba viviendas y no tugurios al por mayor. Entonces con la decadencia de unas profesiones irrumpió sorpresivamente un elemento maligno que terminó abruptamente con una idea de futuro racionalizado al negar cualquier proyecto de ciudad: la llamada economía subterránea. Ese descomunal y diabólico capital terminó con la noción de ética propia del capital empresarial fiscalizado por el catolicismo. Un joven López Michelsen se atrevió a señalar la raíz calvinista en este tipo de capitalismo bendecido por el esfuerzo personal y la ética cristiana tal como sucedió en el desarrollo del capitalismo norteamericano, inglés. ¿Qué podía oponerse al arrasador capital brotado ferozmente de las ganancias del llamado dinero fácil? La ciudad que había ido surgiendo a través de décadas de esfuerzo humano, de un urbanismo a escala, la ciudad de la cultura popular con sus imaginarios nacidos de la probidad y el aporte del humilde, del arquitecto y el artesano, de los enfrentamientos entre la simulación social y la afirmación de los lugares, ¿Hacia dónde voló hecha añicos por este desbocado y hoy mutante capital capaz de comprar toda la ciudad, de apoderarse de nuestra misma sentimentalidad sustituyéndola por la perversa imaginación del mal? Que un delincuente invisible obtenga en poco tiempo el triple de las ganancias que en años logró obtener el capital de un ya histórico empresariado industrial, un pequeño negociante ¿no consiste en destruir de tajo cualquier ideal de progreso material y moral? Una sociedad sometida a capitales fantasmas que niegan el esfuerzo humano, el sentido ético del trabajo, es una sociedad líquida, una sociedad sin valores.

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Lo que era territorio se des-territorializa entonces mediante un POT que impide el afianzamiento del tejido urbano, del paisajismo que prioriza el edificio aislado y destruye el intercambio social de la vida de barrio, la necesaria presencia del vecino, el espacio público. “La gestión del miedo que provoca la inseguridad ciudadana se ha convertido en carta blanca para generar consenso social en torno a políticas discriminatorias y autoritarias” medidas que, como señala Mike Davis, desembocan en un alarmante crecimiento de la población reclusa. Todo porque lo que busca la des- urbanización es convertir al peatón en un fantasma, al ciudadano en una entelequia, a la ciudad en un panóptico.

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