viernes, 12 de octubre de 2018

POLÍTICA, ADEMÁS DE HUECA, PATÉTICA ▼ Populismo: Política, pesimismo y populismo | Opinión | EL PAÍS

Populismo: Política, pesimismo y populismo | Opinión | EL PAÍS

Política, pesimismo y populismo

Para superar la presión populista se necesitan políticas pragmáticas para resolver problemas inmediatos y convencer a los ciudadanos de que la democracia ofrece la vía más prometedora hacia un futuro mejor

Política, pesimismo y populismo
EDUARDO ESTRADA

El ascenso del populismo de extrema derecha es el problema actual más acuciante de Europa. Numerosos analistas hemos vinculado ese ascenso al declive de la socialdemocracia y del centro-izquierda: muchos de sus votantes tradicionales votan hoy a partidos populistas; la aceptación, por parte de la socialdemocracia, de un neoliberalismo “más amable” abrió un espacio político que los populistas han ocupado con su utilización xenófoba del Estado de bienestar; y el declive electoral socialdemócrata ha impedido formar Gobiernos con mayoría de izquierdas y, en muchos países europeos, con una mayoría estable, sin más. Como consecuencia, es más difícil resolver los problemas, y eso alimenta la insatisfacción y el populismo. Pero el nexo más fundamental es otro: la pérdida del sentimiento de lo posible que la socialdemocracia inspiró en la democracia liberal de posguerra.
La socialdemocracia fue la ideología más idealista y optimista de la era moderna. A diferencia de los liberales —que creían que “el gobierno de las masas” desembocaría en el fin de la propiedad privada, la tiranía de la mayoría y otros horrores similares, y por eso eran partidarios de limitar el alcance de la política democrática— y los comunistas —que decían que para crear un mundo mejor había que destruir el capitalismo y la democracia “burguesa”—, los socialdemócratas insistían en el inmenso poder transformador y progresista de la democracia: podía mejorar las cualidades del capitalismo, minimizar sus inconvenientes y construir unas sociedades más prósperas y justas.
Estas ideas habían nacido en el periodo de entreguerras, cuando la democracia estaba amenazada por algo mucho más peligroso que el populismo actual: el fascismo.
El populismo vende una política del miedo y dice que los demás partidos conducen a sus países al desastre
En Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt se dio cuenta de que, además de las consecuencias económicas de la Gran Depresión, debía afrontar el temor a que la democracia se encaminara hacia el “vertedero de la historia” y las dictaduras fascistas y comunistas fueran el futuro. Para ello necesitaba soluciones prácticas a los problemas del momento y la capacidad de convencer a los ciudadanos de que la democracia seguía siendo el mejor sistema para construir un futuro mejor. Como dijo en su primera toma de posesión: “En comparación con los peligros que nuestros antepasados vencieron porque estaban convencidos de que no tenían miedo, tenemos mucho que agradecer... [Nuestros problemas no son irresolubles, existen] porque han fallado los gobernantes por su obstinación y su incompetencia... Asumo sin vacilar la dirección de este gran ejército de personas decididas a atacar disciplinadamente a nuestros problemas comunes... Lo único a lo que debemos temer es el propio miedo”.
Rasgos similares tuvo el otro gran éxito del centro-izquierda en esa época, Suecia. Consciente del peligro que suponían los Gobiernos de minoría inestables que había tenido el país entre las dos guerras, el poder creciente del fascismo y la Gran Depresión, el Partido Socialdemócrata (SAP) elaboró una nueva visión de la relación entre el Estado y el capitalismo, que culminó en su famosa defensa del “keynesianismo antes de Keynes”. Igual que Roosevelt, ofrecía a los votantes soluciones concretas para problemas inmediatos junto al compromiso de crear un mundo mejor. Durante la campaña electoral de 1932, un periódico del partido declaraba: “La humanidad tiene su destino en sus propias manos... Si la burguesía predica la laxitud y la sumisión al destino, nosotros apelamos al deseo de creatividad de cada uno, conscientes de que podemos y lograremos construir un sistema social en el que los frutos del trabajo beneficien a quienes están dispuestos a participar en la tarea común”. Además, el partido prometía convertir Suecia en un Folkhemmet, un “hogar para el pueblo”: un país en el que no habría “privilegiados ni abandonados, gobernantes ni dependientes, saqueadores ni saqueados”. El SAP se hizo famoso por sus apasionantes planes para construir un mundo mejor.
Después de 1945, los partidos socialdemócratas, en general, aceptaron las políticas propuestas por Roosevelt y el SAP. Irónicamente, el que lograran estabilizar la democracia capitalista empujó a muchos a tener una perspectiva tecnocrática, más que transformativa, del trabajo de la izquierda. Esta tendencia culminó a finales del siglo XX con líderes como Blair, Clinton y Schröder, que pensaban que los proyectos de transformación eran algo obsoleto o incluso peligroso y que el objetivo de la izquierda debía ser administrar la democracia capitalista mejor que la derecha. Los riesgos de esa postura los reconoció el propio Blair, que, en un discurso de 2002, dijo que “a veces, puede parecer que [LA POLÍTICA]se ha convertido en un mero ejercicio tecnocrático... más o menos bien dirigido, pero sin un propósito moral general”.
Muchos ciudadanos desean contar con líderes que digan que el cambio es posible si hay voluntad
Cuando las cosas van bien, una política así puede ser suficiente. Cuando van mal se extiende la opinión de que los Gobiernos no quieren o no pueden cambiar el statu quo, y eso genera insatisfacción con la democracia. Y ahí interviene el populismo.
El populismo vende una política del miedo —al crimen, al terrorismo, al paro, al declive económico, a la pérdida de los valores nacionales— y asegura que los demás partidos conducen a sus países al desastre. Los sondeos dejan claro que los votantes populistas son muy pesimistas: creen que cualquier tiempo pasado fue mejor y están muy preocupados por el futuro. El pesimismo se ha generalizado en las sociedades occidentales. Una encuesta reciente de PEW reveló que, aunque cada vez más ciudadanos europeos creen que la situación económica de sus países es mucho mejor que hace 10 años, eso no hace que sean más optimistas sobre el futuro. En muchos casos, la diferencia entre la experiencia y la expectativa es cada vez mayor. En Holanda, Suecia y Alemania, por ejemplo, el 80%, aproximadamente, dice que la economía va bien, pero menos del 40% cree que la siguiente generación vaya a vivir mejor que sus padres. Estas respuestas reflejan una realidad inquietante: las opiniones de la gente, sobre todo en épocas de cambio e incertidumbre, se basan más en emociones que en factores racionales. Por eso, Roosevelt, el SAP y otros socialdemócratas comprendieron que, para que prosperaran el centro-izquierda y la democracia hacían falta no solo soluciones inmediatas, sino también una visión optimista que contrarrestara la visión distópica de los populistas.
Es lo que ofreció la socialdemocracia en la posguerra. Frente al comunismo y el liberalismo, predicó que, si todos trabajaban juntos, podrían utilizar el Estado democrático para convertir el mundo en un lugar mejor. Los problemas del siglo XXI tienen otro aspecto, pero no son diferentes. Lo que se necesita es una combinación de políticas pragmáticas capaces de resolver retos como las desigualdades económicas, la lentitud del crecimiento y los cambios sociales y culturales desconcertantes, con la capacidad de convencer a los ciudadanos de que la democracia liberal ofrece la vía más prometedora hacia un futuro mejor. El ascenso de políticos tan distintos como Trump, Corbyn y Macron demuestra que muchos ciudadanos desean contar con líderes que digan que la política es importante y que el cambio es posible si hay voluntad. Si los partidos de centro-izquierda no saben responder a ese anhelo, los votantes acudirán a otros que sí lo hagan, y las consecuencias para el destino de la democracia liberal pueden ser terribles.
Sheri Berman es profesora de Ciencia Política en la Universidad de Columbia.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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