sábado, 22 de septiembre de 2018

La Venezuela errante | El Mundo

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Columnistas

La Venezuela errante

Autor: Manuel Manrique Castro


18 septiembre de 2018 - 12:06 AM
Los hijos de Centroamérica

Los venezolanos nos ponen a prueba porque desafían nuestra capacidad de responder ante la tragedia hecha carne y nos sorprenden todo el tiempo.





Medellín



Venezuela duele cada vez más. Duele la gente caminando rumbo a un destino plagado de incertidumbre. Son miles de personas imposibilitadas de comprar pasajes porque no tienen documentos o porque, simplemente, su moneda, la anterior o los flamantes bolívares soberanos, sirven poco o nada. A muchos lo único que les queda cuando cruzan la congestionada frontera con Colombia, es el camino desesperado hacia el sur. No conocen la ruta, nunca la han transitado, no saben qué les espera, pero emprenden el viaje a pie dispuestos a caminar los días necesarios para llegar a Bogotá, Medellín, cuando no a recorrer los más de 1,600 kilómetros entre Cúcuta y Quito o los 3,600 interminables hasta Lima.

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No se trata de caravanas organizadas y si de largas filas compuestas por caminantes de muchas edades, hermanos, parejas, familias con niños, hombres y mujeres haciendo la travesía con la maleta a cuestas, protegiéndose unos a otros y construyendo lazos de por vida. Nadie imaginó tales escenas, ni siquiera los desteñidos jerarcas venezolanos listos para descalificar un drama que pesa enteramente sobre sus espaldas.
Su presencia es tema de todos los días y suscita un amplio sentimiento solidario frente a una realidad pocas veces vista en América Latina. No faltan quienes levantan la voz sobredimensionando su responsabilidad en el aumento de la violencia. Tampoco aquellos dispuestos a probar que les están robando el empleo a los locales. Voces estas dos últimas desconocedoras de que por delante de cualquier consideración proteccionista y al final de cuentas xenófoba, está el drama de más 2’300.000 seres humanos protagonistas de una crisis humanitaria sólo comparable a las sucedidas en Africa, Medio Oriente o Asia. Qué decir frente a este tsunami humano sino acogerlo, brindarle apoyo y levantar la voz, pero esta vez para forzar respuestas de gobiernos lentos o indolentes y de una comunidad internacional poco eficaz hasta el momento.
Los venezolanos nos ponen a prueba porque desafían nuestra capacidad de responder ante la tragedia hecha carne y nos sorprenden todo el tiempo. No se doblegan, se reciclan laboralmente e inventan nuevas maneras de sobrevivir.
En Colombia hay abogados convertidos en conductores de vehículos, ingenieros metidos en la cosecha del café; en Perú, trabajadores de la construcción son ahora exitosos vendedores de coco fresco, dentistas y contadores haciendo de meseros y muchos jóvenes, tal vez sin oficio en su país, dedicados a llenar microbuses. En Quito una profesora prepara donas y muchos, de muy diversa procedencia laboral previa, son ahora vendedores de cuanto hay. Es cierto que muchos negocios les han abierto las puertas, aunque es verdad también que no pocos comerciantes y empresarios se aprovechan malamente de ellos. Desafortunadamente hace parte de ese escenario desesperado la explotación sexual.
Esos millones de personas están consiguiendo sobrevivir gracias a su empeño, al apoyo de organizaciones religiosas y privadas y a una red de albergues de inspiración eclesiástica o particular. Concentrados en su vida actual, en juntar dinero para enviar a sus familias e incapaces de pronosticar su futuro, hablan lacónicamente de la “situación” venezolana, refiriéndose al huracán social -con Maduro y sus desaciertos a la cabeza- que los forzó a irse.
Se trata también de una severa prueba para nuestros aparatos estatales que han respondido como si fuera más de lo mismo, a una realidad inédita y excepcional. Las decisiones y acuerdos sobre facilidades migratorias, esencial en este caso, está siendo demorada y farragosa. Los cancilleres van y vienen, se reúnen una y otra vez, la OEA discute, los visitantes distinguidos a la frontera aumentan, mientras las soluciones consistentes y eficaces brillan aún por su ausencia. La respuesta es urgente y esa multitud de venezolanos errantes que nos conmueve diariamente, no puede esperar.

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