lunes, 10 de enero de 2011

ANÓNIMO DESCONOCIDO - Cejaizquierda, el chico más solidario de la Tierra - lanacion.com

Hojas del caminante quieto
Cejaizquierda, el chico más solidario de la Tierra
Esta historia es absolutamente real. Pero suena increíble, inverosímil. Se trata de un chico común pero excepcional. No ganó ningún concurso, no es un superdotado en nada, pero protagonizó un episodio asombroso. Un habitante de nuestra mismísima realidad

Domingo 9 de enero de 2011 | Publicado en edición impresa .


Suelo quejarme de mi mala suerte en voz alta, y en voz baja también. Pero dicho sea: soy un flor de desagradecido. Porque desde siempre no sólo hago lo que me apasiona, sino que haciéndolo me he nutrido. Me refiero no sólo a mis reportajes a premios Nobel, deportistas, artistas, científicos, sino que, aparte de nombres de fama planetaria, he conocido a seres mundiales en rubros que ninguna academia premia. ¿Por ejemplo?

Conocí y entrevisté al escritor más feliz de la Tierra. Y al hombre más miedoso del mundo. Y a la mujer más virgen de aquí. Y al niño más solidario de esta patria idolatrada y del mundo entero.

Mi Caminante Quieto esta vez se detiene en la historia de este niño, solidario hasta lo inaudito. Una historia -ya se verá- asombrosa: no tiene nada de invención literaria; es tan real como el pulso de nuestras muñecas, si es que ahora mismo nos lo tomamos.

Antes de seguir, una urgente pregunta para usted y para vos: ¿por casualidad vio, viste, a un muchacho de poco más de veinte años, de piel marrón y con una cicatriz en el medio de su ceja izquierda? Si el azar los cruza con ese muchacho, por lo que más quieran, no sigan de largo, suspendan lo que tengan que hacer, deténganse, hablen con él, pregúntenle cómo se llama y qué es de su vida.

¿Suena a disparate esto de detenerse ante un joven porque tiene una cicatriz en el medio de su ceja izquierda? Ya verán, ningún disparate. A ese muchacho hay que encontrarlo. Si es que está vivo. Encontrarlo, ¿pero por qué? Porque es un tesoro de intensa humanidad. Vale tanto como un prócer de esos que veneramos en los libros y en los altos monumentos de las plazas. Es un solidario como no hay otro. Es mucho más, mucho mejor que un héroe.

Más acá de nuestras narices
He aquí como empieza la historia. Allá por el año 2002, la Argentina, tan acostumbrada a tocar fondo, estaba en uno de esos trances. Lo peor no fue la calamidad económica, sino la muy sembrada sensación de que tener esperanza era propio de ingenuos, por no decir de güevones. Por esos días empecé a hacer una serie de notas tituladas "Usted conoce al héroe". En vez de preguntar por qué nos pasa lo que nos pasa, decidí invertir la pregunta: ¿por qué este país y este mundo nuestro, tan vaciados, tan sembrados de desocupación y hambre y analfabetismo y analfabetización, siguen en pie? ¿Cómo es posible que no nos hayamos ido hace rato a la cloaca del abismo o a la mismísima Nada?

A estas alturas de los interrogantes asomó como respuesta el cómodo lugar común de siempre: "Lo que pasa es que hoy por hoy no hay ejemplos". ¿Cómo que no hay ejemplos? Los hay, pero no los vemos, porque están demasiado cerca. Ocurre que desde siempre caemos en otra comodidad: apelamos a los próceres. Y resulta que con ellos ni fu ni fa, porque murieron dos veces: primero biológicamente y después cuando los congelamos en el mármol o en el bronce.

La otra comodidad patria es esperar (y exigir) que el ejemplo nos venga de los exitosos y famosos, de los que eventualmente están en la vidriera, de políticos mediáticos y pitonisos, de ídolos deportivos o de la canción.

Cuánto nos cuesta asimilar que ni ejemplos ni milagros nos caen del cielo; los tenemos palpitantes aquí abajo, ahora, al ras de la tierra que nos parió: en un vecino, a la vuelta de la esquina, en un pariente, a veces hasta en nuestra propia casa: más acá de nuestras narices.

Justo aquí está la respuesta que buscábamos: no nos fuimos definitivamente al carajo con mapa y todo, porque hay muchísimos seres sin nombre, sin fama: los llamamos el "hombre común"; deberíamos llamarlos primordiales, héroes que hacen y sueñan y aman a rajacincha. Que no necesitan hazañas y que son el gran contrapeso de una sociedad desmemoriada, quejosa, buscadora de ejemplos sonoros, glamorosos, espectaculares. Estos héroes, damas y caballeros, encarnan el más difícil de los corajes: el de la solidaridad ejercida desde la misma pobreza, desde el anonimato, desde el silencio. No se comportan ni se muestran como héroes. Por eso son más heroicos que los llamados héroes.

Cómo vadear lo imposible

Ya nos vamos acercando a nuestro personaje. Seguimos en el 2002. Estoy con Mariana Francia, una joven maestra que vive en Paraná, Entre Ríos. Mientras ella me cuenta su historia en el living de su casa, Julio Cortázar fuma y nos mira desde un retrato colgado en la pared... En 1997, en plena adolescencia, Mariana fue alcanzada por la leucemia. En el Hospital Británico de Buenos Aires supo que su única posibilidad de salvación estaba en un trasplante de médula. Pero había que realizarlo en Londres y eso costaba 300 mil dólares.

Mariana vuelve a Paraná. La cifra sonaba a sentencia de muerte. Pero.

Pero sus amigos deciden vadear lo imposible: mueven cielo y tierra y pavimento. Organizan rifas, insisten en diarios, radios y así llegan a Buenos Aires. Entre otras movidas, Fanny Mandelbaum organizó una colecta por televisión.

Me sigue contando Mariana: "Con mis compañeros de colegio salimos a la calle y pusimos enormes alcancías, una de ellas en la esquina de Florida y Corrientes". En mayo del 98 la cifra inalcanzable había sido reunida: pudo viajar a Londres y, trasplante mediante, salvar su vida. Dicho sin metáfora: la solidaridad y la ciencia produjeron este milagro terrenal, milagro que no sucedió por milagro. Y Mariana nació tres veces: nació el día en que nació; nació el día en que le hicieron el trasplante de médula, y nació la noche de un día, cuando abrió la ventana que da a su vereda y vio lo que vio...

Mariana Francia tiene tanto para contar, y se toma su tiempo. Me avisa que las lágrimas pronto le vendrán, y las dejará bajar con naturalidad. Me dice: "Mi mamá trabaja en el interior de Entre Ríos; allí, desde siempre, la gente es más que pobre. Cuando estaban haciendo la colecta para mi trasplante un día mi mamá me trajo un billete de dos pesos, estrujado y casi roto. Y me lo extendió en la palma de su mano: «Mariana, miralo bien, y no lo olvidés nunca. Estos dos pesos me los dio una señora del campo, pobrísima, con una criatura en brazos y otros, descalzos, alrededor»". Mariana ahora piensa en voz alta: "El valor de esos dos pesos, ¿alguien los puede medir?"

Cortázar sigue fumando con fruición, parece muy interesado en el relato. Mariana me insiste que nació el día en que nació, "un miércoles, como quería mi papá, el 3 de septiembre del 75; nací el día del trasplante de médula, en Londres, el 20 de noviembre del 98, no, del 99, a las ocho de la noche. Siempre me hago lío con los años: no, fue en el 98..."

-Mariana, ¿y tu tercer nacimiento?

-Fue hace tres días. Estábamos cenando aquí, en mi casa, y alguien de la familia se quejó de que algo estaba un poco crudo. Le dije: "Vos te quejás de eso, pero anoche yo abrí la ventana y vi algo... Enfrente de nuestra casa dejamos la bolsa de la basura. Adentro había unos fideos que quedaron. También una lata vacía de duraznos al natural... Y yo vi a un señor que abría la bolsa y descubría los fideos y los ponía en la lata y así se los servía a su hijito...

Mariana dice que, si algo quiere como maestra, es enseñar a mirar a los costados, mirar a nuestros semejantes. Una y otra vez vuelve sobre esa suma descomunal que se juntó para que pudiera hacer su trasplante salvador: "Plata reunida peso sobre peso. Plata depositada en Ushuaia, en La Quiaca. Cifras de cien, de veinte, de cinco y muchísimas de dos pesos. Hasta hubo dos escuelas del interior de Entre Ríos en la que los chicos juntaron la plata de sus meriendas y la depositaron... Perdóneme. Yo le dije que iba a llorar. Ultimamente lloro con facilidad... Ahora mismo, asomémonos por la ventana. Fíjese... ¿no le dije? Ahí tenemos unos chicos hurgando en la bolsa de basura. El más grande, qué tendrá, ¿diez años? Y el más chico no llega a cinco. Tienen hambre, comen lo que tiramos... Lloro por ellos y lloro por nosotros.

-¿Por qué por nosotros?

-Porque nosotros comemos y no nos damos cuenta.

Sol y dar y dad

Pero el relato de Mariana Francia todavía guarda otra historia.

-El día de la colecta, en Florida y Corrientes había un pibe de unos ocho años que hacía su trabajo callejero: abría y cerraba las puertas a los pasajeros de taxis. Estuvimos todo el día allí. Hacía frío; al final de la tarde el pibe se acercó, sacó de sus bolsillos las monedas que había juntado con su trabajo y las depositó en la alcancía. Todo fue muy rápido. Dejó sus dos puñados de monedas y se hizo humo. Sin una palabra. No alcanzamos a preguntarle cómo se llamaba, dónde vivía. Nada. Sólo recuerdo que tenía una cicatriz en la ceja izquierda. Siempre me pregunto: ¿dónde andará ese niño y haciendo qué?, ¿estará vivo?

Lo del pibe de la cicatriz, al que en adelante llamaremos Cejaizquierda, parece un relato de otro mundo, no del nuestro. Con su historia le da una flor de trompada al mentón de la in-conciencia, de la in-diferencia nuestra de cada día. Este pibe nos enseña sin afiches, sin canciones de protesta, sin spots publicitarios, sin solemnes sermones, que no es casual que la palabra "solidaridad" incluya las palabras sol y dar y dad. Que la solidaridad (y la esperanza) es algo que también perdimos durante la festichola de los 90, mientras la Argentina era rifada, saqueada y analfabetizada, más que despojada, entregada hasta convertirse en un agujero con forma de mapa... Este pibe nos demuestra que ya no tenemos razón cuando justificamos nuestra abulia y nuestra inacción diciendo: "Lo que pasa es que aquí no hay ejemplos". Ejemplos hay a patadas. Pero dicho sea otra vez (la reiteración se justifica por la sordera): a esos ejemplos no los busquemos en los próceres y famosos y estelares. Busquémoslos aquí, eso es: más acá de nuestras narices.

A todo esto: ¿qué será de la vida de Cejaizquierda? Uno se pregunta y se repregunta por el destino de un ser ya tan excepcional cuando todavía no había salido de la niñez. ¿Hasta dónde podría llegar este pibe, hoy muchacho, siendo adulto? Imginémoslo médico o político o docente o jurista, imaginémoslo gremialista o economista o maestro de escuela o periodista.

Mientras imaginamos destinos posibles para semejante ser, nos bajan los interrogantes: ¿qué había en la cabeza, qué en el corazón de ese niño que entregó sin más toda la fortuna crucial de sus bolsillos?

¿Quién le enseñó, de quién aprendió, de dónde sacó lucidez y tamaño coraje para concretar ese gesto?

Al volver esa noche a su casa o a su casilla de barrio, marginal, ¿quién lo esperaba allí?, ¿su mamá, un padre sin trabajo tal vez doblado por el alcohol, un racimo de hermanitos? Al llegar Cejaizquierda les habrá mostrado sus bolsillos vacíos... ¿Lo habrán abrazado o lo habrán castigado? ¿Qué qué qué les habrá contado al llegar? ¿Cómo habrá hecho para decirles que había entregado todas las monedas de su jornada? ¿Para contarles que había hecho su revolución al contradecir aquel mandato que reza que la caridad empieza por casa? Punto.

Y aparte. Para decirNos: ¿cómo, cómo es posible que un ser humano tan tierno tenga semejante ocurrencia y la concrete de cuajo, sin gastar una palabra, sin esperar el menor agradecimiento?

De pronto, de tan increíble, Cejaizquierda parece un sueño. Alguien totalmente fuera de lo real imaginable. Un ser así de solidario no entra en nuestra cabeza, es inconcebible, no puede existir.

Pero sí, existió. Y, si es que en estos años no fue devorado por la impiadosa intemperie, si es que no lo volteó por si acaso alguna bala preventiva y fácil, Cejaizquierda existe. Aunque no le sabemos ni el nombre, anda por ahí, respirando este mismo aire.

La ética del corazón

Cejaizquierda vale, significa por lo menos tanto como un premio Nobel, tanto como un campeón mundial, tanto como un gran estadista. Su acto de las monedas, en otra órbita humana, la de la ética del corazón, tiene la dimensión y la intensidad del Fangio que empezaba a ganar su quíntuple título mundial con su más prodigiosa carrera, la de Nürburgring; la del Leloir que descubría el metabolismo de los glúcidos trabajando en una sillita de totora atada con hilo sisal; la del Pérez Esquivel que llegaba al Nobel insistiendo desde la cárcel con la paciencia (que no es resignación) del pacifismo y la justicia; la del eterno gol de Maradona a los ingleses. Y se me hace que al Che Guevara le hubiese gustado conocerlo a Cejaizquierda. Conocerlo hasta la poesía de la amistad. Porque la condición humana, que moralmente parece enquistada en el egoísmo y no se cansa de tropezar tropezar tropezar cien veces mil veces con la misma piedra, en el lapso de siglos, con determinados actos parecería que avanza un milímetro. Si es que eso sucede, avanza con el billetito arrugado de dos pesos de aquella mujer menos que pobre. Avanza con Cejaizquierda donando su salario, de cuajo y sin palabras.

De pronto nos damos cuenta de que hay actos mejores, más heroicos que los del mentado heroísmo. Difícil, muy difícil explicarlos. Ante la impotencia de las palabras, el caso es que entramos en combustión; nuestras conciencias, digestivas, empiezan a crepitar, y nos metemos otra vez en esa sucesión de preguntas desesperadas: el pibe ese, el pibe aquel: ¿dónde estará en este minuto?, ¿qué será de su vida?, la intemperie de los días y de las noches ¿lo habrá devorado?, ¿habrá podido estudiar?, ¿estará sano?, ¿estará vivo? Cejaizquierda, ¿estará?

Distraídos por las urgencias y los miedos y la tan sembrada sensación de fin del mundo, no vaya a ser que un día de estos, en la calle o en la vereda, nos crucemos con su rostro marrón, y rápido sigamos de largo.

Hagamos un esfuerzo, bajémonos de nuestro egoísmo. No digamos "¡Ma' que Cejaizquierda ni ochocuartos!" No le crucemos el rostro con la escupida de la indiferencia.
Por Rodolfo Braceli
rbraceli@arnet.com.arwww.rodolfobraceli.com.ar

El autor es Poeta, dramaturgo, cuentista, periodista, autor, entre otros libros, de: El último padre; De fútbol somos; Don Borges, saque su cuchillo porque...; La Misa humana; Vincent, te espero desnuda al final del libro. Para el cine escribió y dirigió el mediometraje Nicolino Intocable Locche. Sus libros más recientes: Perfume de gol, Mercedes Sosa - La Negra y Escritores descalzos.
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el dispreciau dice: existen seres genuinamente anónimos, son la mayoría... existen otros seres anónimos que se acercan a la categoría de ángeles, interminables, o furtivos, necesarios y funcionales a un instante, común a una circunstancia. Existen anónimos que trascienden los tiempos y los espacios, tornándose intangibles inalcanzables y por ende desconocidos. Esta historia no amerita otro comentario, sí una íntima reflexión sobre el sentido de la vida, ese que se reconoce sólo cuando ésta (la vida) se acerca a su propio límite. Ello implica la gracia para quien recibe la bendición, pero también la gracia para quién colabora con el artilugio del destino... ambos han recibido una oportunidad irrepetible, la de tomarse del hilo de plata y hacerlo lucir. Enero 10, 2011.-

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