lunes, 29 de enero de 2018

DAVOS: CÓMO CONDENAR SOCIEDADES HUMANAS ▼ NAZI-SIONISMO DISFRAZADO DE ECONOMÍAS ▼ Lecciones de Davos | Opinión | EL PAÍS

Lecciones de Davos | Opinión | EL PAÍS

Lecciones de Davos

El aislacionismo y la desigualdad dañan el comercio y la estabilidad económica

La canciller Angela Merkel junto al primer ministro canadiense Justin Trudeau en el Foro de Davos.

La canciller Angela Merkel junto al primer ministro canadiense Justin Trudeau en el Foro de Davos.  AP





La cumbre del Foro Económico Mundial en Davos ha descrito la situación de la economía mundial con trazos firmes. Si, por un lado, hay una confianza casi absoluta de Gobiernos e inversores en que la tasa de crecimiento mundial este año se aproximará al 4% y el comercio mundial aumentará en torno al 4,6%, por otro aparecen con gran pujanza viejos obstáculos para la estabilidad financiera global.
Tienen nombres, incluso apellidos. Son el proteccionismo encubierto de la nueva Administración estadounidense, con un Donald Trump que se empeña en esconder su fobia instintiva a la libertad de comercio detrás de eufemismos como “comercio justo” o la pretensión de que Estados Unidos “fije sus propios términos en los acuerdos comerciales”; el populismo y el nacionalismo que están reduciendo las posibilidades de crecimiento a través de secesiones políticas consumadas (Brexit) o en ebullición (Cataluña) y una desigualdad económica creciente y acelerada que no solo compromete la estabilidad social sino que, al negar la difusión de los beneficios del crecimiento sobre las llamadas clases medias, compromete la sostenibilidad del crecimiento a largo plazo.
Los líderes políticos y empresariales presentes en Davos habrán podido tomar nota de estas amenazas, que bien podrían resumirse en una sola: la globalización está en retroceso. La irrupción de Donald Trump y el desgarro del Brexit son la nueva realidad a la que, con graves voces pero escasos hechos, se oponen fuerzas políticas y económicas como la Unión Europea y la propia China (recuérdese a Xi Jinping proponiéndose como gran defensor de la libertad mundial de comercio en la cumbre de 2017).
El diagnóstico de Ángela Merkel es exacto: hacen falta pactos multilaterales y el populismo es veneno
Las voces europeas intentan recuperar el buen sentido y recordar las virtudes de un mundo económicamente integrado. Merkel ha reclamado soluciones multilaterales, en lugar de las unilaterales que se alientan desde Washington y Londres; la canciller ha definido el populismo como un veneno, afirmación con la que es imposible estar en desacuerdo, en tanto que degrada las instituciones y niega los procedimientos; y Emmanuel Macron ha advertido de que “si la globalización no resuelve los problemas, en 10 o 15 años nacionalistas y populistas ganarán en nuestros países”. Pero es más fácil enunciar un problema que resolverlo. La presencia arrolladora de Trump en la localidad suiza ha mostrado la atracción del oropel de la trumpeconomics: crecimiento desorbitado de la Bolsa, una reforma fiscal encaminada a favorecer a la clase empresarial estadounidense menos comprometida con la sociedad y la pretensión de succionar inversiones mundiales con la gran aspiradora de la rebaja fiscal.
La política de Trump, proteccionista y aislacionista, es la promesa cierta de un grave desequilibrio económico mundial. La depreciación del dólar, implícita en los regalos fiscales de Trump y en su rechazo al comercio multilateral, está provocando ya los primeros daños monetarios en el euro. Tiene razón Draghi cuando denuncia la posición de Estados Unidos de devaluación competitiva; el euro se aprecia —con evidente perjuicio para las exportaciones del área— porque las autoridades estadounidenses están forzando la depreciación. Esto es lo que se esperaba de la siembra proteccionista (competencia monetaria entre países y divisas, defensas numantinas de los productos nacionales), y esto es lo que por desgracia se va a recolectar.
La cooperación tributaria mundial reduciría la evasión y permitiría compensar la desigualdad
No sería realista esperar de la cumbre de Davos soluciones concretas para problemas reales; el Foro sirve, eso sí, para detectar corrientes económicas de fondo. De esta cita cabe extraer la conclusión de que la economía global necesita un nuevo equilibrio o pacto global; que ese equilibrio es imposible sin Estados Unidos, a pesar de las buenas intenciones de China; pero, a cambio, es posible tomar decisiones nacionales o supranacionales que vayan favoreciendo ese nuevo equilibrio. Macron explicó algunas de ellas, viejas aspiraciones en las mentes de muchos. Invertir más en educación y en formación es una de ellas. Pero la más atractiva es la de aumentar la cooperación fiscal internacional. Y lo es porque si se cierra el paso a la evasión fiscal y a la ocultación offshore, aumentarán los recursos de los Estados, entre otras cosas para invertir más en educación; y también para actuar de forma compensatoria contra la desigualdad agravada por la crisis y las políticas procíclicas. Obsérvese además que el cerco al fraude y al escaqueo fiscal es uno de los mejores antídotos institucionales contra el populismo y el nacionalismo.
Sí, se pueden tomar iniciativas, aunque sean parciales o de ámbito limitado, para conseguir un nuevo equilibrio económico mundial en contra de la desigualdad, del proteccionismo y de la disgregación política. Después de Davos podrá comprobarse si las alarmas se traducirán en medidas correctoras. Advertencia: los antecedentes son pesimistas.

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