miércoles, 6 de mayo de 2015

LUCHANDO POR LA DIGNIDAD HUMANA ► La 'Ciudad de las Mujeres' | Planeta Futuro | EL PAÍS

La 'Ciudad de las Mujeres' | Planeta Futuro | EL PAÍS

La 'Ciudad de las Mujeres'

Un grupo de desplazadas construyeron con sus propias manos una ciudadela en la que tratan de rehacer sus vidas duramente golpeadas por el conflicto armado colombiano. Desde allí exigen verdad, justicia y reparación





Eidanis, Paula y Ana Luz hicieron realidad el sueño de tener de nuevo una vivienda digna.

Eidanis, Paula y Ana Luz hicieron realidad el sueño de tener de nuevo una vivienda digna. /JAVIER SULÉ


Muy cerca de la turística Cartagena de Indias, la urbanización La Bonanza, en el municipio de Turbaco, parece estar en medio de la nada y apenas llama la atención. Dentro, sin embargo, están parte de los sueños de vida digna hechos realidad por 98 mujeres a las que la guerra se lo había arrebatado todo. En ese lugar, ellas mismas construyeron un conjunto de casi 100 casas que ocupan sólo dos manzanas del total del conjunto urbano, pero que bautizaron con el nombre de la Ciudad de las Mujeres.
Detrás de cada vecina de este lugar hay una historia desgarradora, un proyecto de vida truncado cuando el conflicto armado entró en sus vidas y les indicó el camino de salida. Son habitantes del Chocó, de Antioquia, de Bolívar, de La Guajira y de muchos otros lugares de Colombia afectados por la guerra que tuvieron que abandonar sus pueblos y veredas huyendo de las amenazas y las balas. Lo dejaron todo. Lo perdieron todo. Y llegaron a Cartagena, una ciudad amable con el turista, pero hostil para la gente que busca refugio en sus barrios marginales. De la noche a la mañana y sin saber por qué se habían convertido en desplazadas.
Es el caso de Paula Castro que vivía en el Urabá antioqueño con sus hijos pequeños y trabajaba como empacadora en la compañía bananera. “Mi vida estaba organizada. Todo iba bien hasta que los grupos paramilitares empezaron a dejarse ver en la región. Llegaron los muertos, las matanzas. Uno de esos paramilitares, El Mono Pecoso, se fijo en mi. Me dijo que a él ninguna mujer se le resistía. Tuve que malvender la casa e irme”, recuerda.
También es el caso de Ana Luz Ortega que dejó su hogar en la región de Córdoba. “Teníamos nuestros cultivos, nuestros animales, lo suficiente para vivir. Los paramilitares empezaron a cumplir sus amenazas; mataban y arrojaban a los hombres al río, se llevaban los cerdos, las vacas y los caballos. Siempre había habido enfrentamientos entre la guerrilla y el ejército pero cuando entraron los paramilitares eso fue ya un exterminio y decidimos salir del pueblo. Yo tenía seis niños y fue muy duro para mi llegar a un lugar que no conocíamos”, explica.
Yo me sentiría reparada cuando sepa por qué y quienes me desplazaron

Eidanis Lamadrid
A Eidanis Lamadrid le tocó igualmente abandonar la finca de la vereda donde vivía en los Montes de María, en la región de Bolívar. “Vivíamos asediados por la guerrilla. Si llegaban no podías decirles que se fueran y eso las autoridades lo tomaban como que colaborábamos con ellos. La situación se hizo insostenible y los combates eran cada vez mas intensos. Es difícil dejar lo que se ha construido durante tantos años, pero cuando lo hicimos lo único que uno proyecta y le importa es la vida de los hijos”, señala la que es hoy una de las lideresas del proyecto de la Ciudad de las Mujeres.
Como las de Paula, Ana Luz y Eidanis, en la Ciudad de las Mujeres hay 95 historias más que hablan de violencia sexual, de asesinatos y desapariciones de sus seres queridos y de todas las violaciones a los derechos humanos posibles. Salvo alguna excepción, la mayoría de las 98 son migradas que acabaron viviendo en condiciones infrahumanas en los barrios más pobres de Cartagena, en ranchos en los que había que salvar el colchón cada vez que llovía y vender cualquier cosa para tener algo que llevar a la boca de los hijos.
Un calle de la Ciudad de las Mujeres. / JAVIER SULE
Su vida cambió cuando conocieron a la abogada feminista Patricia Guerrero, directora de la organización La Liga de Mujeres Desplazadas, que solía visitar los barrios invisibles de Cartagena empeñada en organizar a las víctimas de desplazamiento y violencia sexual. “La doctora Patricia nos rescató realmente. Nos hizo ver que la guerra y el Estado nos había vulnerado nuestros derechos y que esos derechos debíamos recuperarlos y hacerlos valer. Gracias a ella además podemos contar lo que nos pasó y hemos tenido una atención psicosocial”, dice agradecida Eidanis en nombre de todas.

Capacitación y manos a la obra

Integradas ya en a Liga de Mujeres Desplazadas, se fueron reuniendo y fortaleciendo. En semejantes condiciones decidieron que su mayor prioridad era tener una vivienda digna. El proyecto de la "ciudad" empezó a gestarse. Buscando lugares que fuesen aptos para vivir pusieron el ojo en una urbanización que se iba a construir a las afueras de Cartagena. Consiguieron el dinero para comprar el terreno gracias a la cooperación estadounidense y hablaron con el constructor para poner las condiciones: invertirían allí a cambio de que las contratase como mano de obra no cualificada y así ellas mismas pudieran hacer sus viviendas. También fabricarían los ladrillos para las casas que debía comprar el empresario. De esta forma aportarían en trabajo y material el valor de la vivienda.
Queremos demostrar que organizadas sí se puede y que organizadas es más difícil desintegrarnos
Luvis Cárdenas
Todas se pusieron manos a la obra capacitándose primero en diferentes tareas de albañilería y construcción. Aprendieron a nivelar terrenos, a construir ladrillos, a mezclar cemento. Y ya cuando empezaron a construir, unas hicieron el trazado, otras cavaron la tierra, otras levantaron paredes y otras hicieron las calles y las jardineras. Estuvieron tres mes trabajando. El resultado, 98 viviendas de 78 metros cuadrados cada una con dos habitaciones, sala, cocina, baño y un patio. “Fue una experiencia muy bonita. Quizá muchos hombres pensaron que no teníamos la capacidad para hacerlo, pero demostramos que sí y ahí está nuestra ciudad”, dice Ana Luz orgullosa.
La idea de vivir juntas había sido antes muy meditada. “Éramos mujeres que procedíamos de diferentes partes del país, con diferentes culturas. Aquí hay mujeres afrodescendientes, mestizas e indígenas. De alguna manera, la 'Ciudad de las Mujeres' representaba un reasentamiento poblacional. Hicimos normas de convivencia sobre cómo queríamos vivir. El sueño era tener un lugar donde todas pudiéramos estar tranquilas, trabajando y resistiendo”, dice Luvis Cárdenas, otra lidereza de la ciudadela.

Nuevas amenazas

La Ciudad de las Mujeres es un proyecto de la Liga de Mujeres Desplazadas, pero materializarlo no fue fácil. El reasentamiento en Turbaco coincidió con una época de inseguridad creciente en la zona, con presencia de grupos armados que trataron de desestabilizarlo. Volvieron a sufrir amenazas, hostigamientos y vieron como asesinaban al vigilante que cuidaba los materiales, marido de una de las beneficiarias.
Gladys Huertas es la madre comunitaria encargada del jardín de infancia donde las mujeres llevan a sus niños y niñas pequeños. / JAVIER SULÉ
En este tiempo que llevan ya en el barrio tampoco han dejado de vivir en tensión y prevenidas. Los grupos paramilitares han inundado de panfletos amenazantes las calles, han intentando imponer su propio control territorial con normas que decían a los vecinos a qué hora debían acostarse y las han tratado de extorsionar con el cobro de impuestos. Hace menos de un año un sospechoso incendio les destruyó el centro multifuncional donde tenían la panadería, el comedor comunitario y el jardín infantil para los más pequeños. No se amedrantaron ni se sometieron y volvieron además a reconstruir el centro comunal.
Con todo, lo más difícil, reconocen, ha sido la sostenibilidad económica. Los proyectos productivos no acabaron de funcionar. Ellas lo han intentado todo para generar ingresos por cuenta propia, pero por diferentes circunstancias han fracasado, salvo el caso de algunos pequeños negocios.

Saber la verdad

Concluido el proyecto de vivienda, siguen igualmente inmersas en su lucha por la justicia, la verdad y la reparación como víctimas del conflicto armado. Para Eidanis queda mucho por hacer. “Hay compañeras que todavía no tienen una vivienda digna, nuestros casos de denuncia por desplazamiento forzado, por violencia sexual o por crímenes a nuestros familiares siguen en la impunidad. Yo me sentiría reparada integralmente cuando sepa por qué me desplazaron, quiénes me desplazaron, quiénes asesinaron a los familiares de mi esposo y por qué lo hicieron. También cuando tenga a mis hijos con una educación garantizada, tengamos buenos servicios de salud y una vida estable aquí”, remarca.
La Ciudad de las Mujeres es en definitiva como una pequeña Colombia en miniatura que refleja lo peor y lo mejor de este país. Lo peor, las consecuencias de un conflicto armado que se cebó con la población civil y que ha generado casi siete millones de víctimas, de los que unos seis millones serían desplazados. Lo mejor, los procesos de lucha, dignidad y resistencia generados contra la guerra, encarnados en muchos casos por mujeres. “Queremos demostrar que organizadas sí se puede y que organizadas es más difícil desintegrarnos. Es un ejemplo de lo que somos capaces de hacer en este país por la construcción de una paz verdadera. Las mujeres de La Liga somos un paradigma de empoderamiento y trabajo en equipo, un testimonio de la importancia que tiene el trabajo con mujeres para garantizar la restauración de los derechos de la inmensa población desplazada en Colombia”, concluye Luvis Cárdenas.

KOCHI, UN PUERTO PARA ALMAS A LA DERIVA ▼ ▲ Un taller con mujeres sonrientes | Planeta Futuro | EL PAÍS

Un taller con mujeres sonrientes | Planeta Futuro | EL PAÍS



Un taller con mujeres sonrientes

El Vimala Welfare Centre de Kochi, en India, lleva más de 50 años ofreciendo trabajo a mujeres con pocos recursos económicos







Una de las trabajadoras del del Vimala Welfare Centre, en Kerala. / J. M. S.


En India algunos empleados reciben un salario diario de dos dólares, con un suplemento de 25 centavos, si trabajan hasta la medianoche. En algunas ocasiones, los talleres donde pasan buena parte de la jornada son extremadamente calurosos. No disponen de aire acondicionado o escaleras de incendios y a menudo las puertas son cerradas con llave para impedir que tomen descansos demasiado largos. Las jornadas laborales son largas. Empiezan a las cinco de la mañana y se alargan durante 11 horas. En un país poblado por 1.250 millones de personas y donde las condiciones laborales pueden ser aterradoras, es excepcional encontrar proyectos como el Vimala Welfare Centre. Esta institución lleva desde el año 1961 ofreciendo trabajo y un salario digno a centenares de mujeres con pocos recursos económicos. El centro está ubicado en Kochi, una de las ciudades más importantes del sur de la India y de Kerala, un estado de aproximadamente 30 millones de personas con el índice más alto de alfabetización del país.
Las mujeres del Vimala Welfare Centre fabrican distintos productos con fibra de plátano. También cosen vestidos y hacen bordados. Por su trabajo, y según las piezas elaboradas, reciben un sueldo superior a la media del país. Y a diferencia de lo que pasa en muchos otros lugares de la India, quienes trabajan aquí lo hacen en un ambiente agradable y relajado. Las habitaciones donde están las máquinas de coser y las mesas para trabajar con la fibra son grandes y luminosas. Y a ellas se las ve contentas y sonrientes. El centro forma parte de la estructura de una congregación religiosa perteneciente a la Sociedad de las Hijas del Corazón de María. La responsable es la hermana Irez George, que lleva más de 15 años en la institución. “Nuestro centro está abierto a todas las mujeres necesitadas, independientemente de su edad, casta o religión. Nuestro objetivo es tender la mano a quienes les es muy difícil encontrar trabajo, tienen pocas perspectivas y necesitan dinero para criar a sus hijos” explica.
Actualmente, aproximadamente 150 mujeres trabajan en este centro pero durante los últimos 54 años han pasado por aquí más de 6000. Además del taller, la institución también dispone de una escuela, un centro de acogida para personas mayores, una guardería para sus empleadas y una unidad de prevención del suicidio. Las trabajadoras fabrican, sobre todo, coloridas cestas de fibra de plátano. “Muchas son las cabezas de familia y tienen que criar a sus hijos solas. El apoyo que reciben es esencial para ellas”, añade George. En el Vimala Wellfare Centre enseñan a sus empleadas habilidades adaptadas a sus capacidades. La gran mayoría vive a una distancia próxima al taller y sus horarios son flexibles. Además, si lo desean, pueden trabajar en casa.
Como las condiciones son excepcionales y el ambiente agradable, muchas de las empleadas llevan décadas trabajando aquí. Este es el caso de Usha Mukesh, que lleva 43 años en el Vimala Wellfare Centre. Ahora tiene 56 años pero con 13 empezó a trabajar en el taller. “Conozco a muchas personas que son tratadas por sus jefes como si fueran máquinas, como objetos sin nombre. Aquí siempre me he sentido bien”, apunta. Moly Polakulath también ha trabajado aquí de forma más o menos regular durante los últimos 40 años. “El Vimala Wellfare Centre es como una segunda casa para nosotras. Todas nos conocemos por nuestro nombre y nuestras relaciones se basan en la confianza y el respeto”, añade. Aunque el centro está abierto a mujeres de todas las edades, la mayoría de las empleadas supera los 40 años. Según la hermana George a las chicas jóvenes cada vez les gustan menos los trabajos manuales y prefieren encontrar empleos en lugares como tiendas y restaurantes, algo que no resulta especialmente complicado en un lugar turístico y con un gran puerto como Kochi.

HUIR DE UN ESTADO QUE NO EXISTE... PERO AL QUE EL IMPERIO LE HA DADO LUGAR ▼ Ciudad Dabin: huir del Estado Islámico | Planeta Futuro | EL PAÍS

Ciudad Dabin: huir del Estado Islámico | Planeta Futuro | EL PAÍS

Ciudad Dabin: huir del Estado Islámico

Primera entrega del diario de un cooperante sobre Dabin City sus ocupantes para comprender la crisis humanitaria y a quienes la sufren



Reparto de kits de aseo entre los habitantes de Zakho.

Reparto de kits de aseo entre los habitantes de Zakho.
"Oímos el eco de una bomba a lo lejos y después un pariente nos llamó: ‘Hay que marcharse, se están acercando’, nos dijo. Ni lo pensamos, metimos algunos enseres en una bolsa y nos fuimos".
Desde enero de 2014, la historia se ha ido repitiendo una y otra vez. Aterrorizadas ante la idea de acabar en manos de los hombres de negro del Estado Islámico, cientos de miles de personas han huido al norte de Irak. Entre julio y septiembre, bajo unas temperaturas que en momentos llegaban a superar los 50 grados, encontraron refugio donde pudieron: en parques, en colegios o en los múltiples edificios en construcción de la región. Este es el caso de la ciudad de Zakho, a pocos kilómetros de las fronteras siria y turca.
Dabin City, por el nombre de su promotor inmobiliario, es un grupo de inmuebles sin acabar en pleno corazón de esta ciudad de 350.000 habitantes, donde se refugiaron más de 120.000 personas el pasado mes de agosto. Originarias sobre todo de Sinjar, han huido del horror, dejando atrás su vida, y han emprendido un increíble periplo a través de las montañas y de Siria hasta volver a pisar suelo iraquí.
Junto a la ONG Acción contra el Hambre, salgo al encuentro de estas familias pocos días después de su llegada. Edificios a medio construir para unas vidas destrozadas… tal es mi primera sensación ante el desamparo de estas mujeres que miran al objetivo de la cámara en busca de respuestas. Es la primera vez que voy a Dabin City. A mi alrededor hay unas 50 personas, y sus miradas encierran la misma angustia que reflejan sus palabras que no entiendo.
El lugar acogerá a hasta 7.000 personas antes de que la mayoría de ellas sean realojadas en campos que lindan con la ciudad. En diciembre, varios cientos de personas no querían aún dejar el lugar y explicaban que las condiciones de vida en los campos son todavía peores. El relato que sigue recoge cinco momentos de la historia de Dabin City y de sus ocupantes para comprender la crisis humanitaria y a quienes la sufren.

Capítulo 1. Agosto: el impacto

Mohsen camina rápido de un edificio a otro. Algunos le interpelan, otros reciben palmadas suyas en la espalda o bien disculpas. Con una libreta en la mano, va de un lado a otro, apunta el nombre de los recién llegados y comunica la lista a las autoridades y organizaciones humanitarias para que la ayuda pueda llegar a los más desfavorecidos.
Distribución de botellas de agua entre la población.
Mohsen forma parte de los primeros desplazados yazidíes que han alcanzado Zakho a principios del mes de agosto. Este joven profesor ha visto llegar a las familias hasta Dabin City, cada vez en mayor número y cada vez más afligidas. Al advertir su desamparo, decidió ponerse a su servicio. Siempre que me acerco por allí le veo de lejos, con su cara cansada, yendo y viniendo sin parar. Cuando se percata de mi presencia se para y me habla de los recién llegados, de aquella señora mayor que ha fallecido el día anterior en una de las torres o de aquel empleado de la empresa de construcción que se cayó desde varios metros de altura hace unos días. Durante semanas, su apoyo será extremadamente valioso, hasta el punto de convertirse en un empleado de Acción contra el Hambre muy orgulloso de haberse "unido a los que le ayudaron".
En medio de la ciudad, cinco inmuebles en construcción se encuentran frente a frente. Dan cobijo desde hace más de una semana a un número cada vez mayor de desplazados en condiciones de extrema vulnerabilidad. Al entrar en uno de los edificios, un olor nauseabundo penetra en la nariz, en medio de una nube de moscas. Hay que caminar con cuidado sobre tablas en precario equilibrio para no pisar el agua estancada, origen de la pestilencia. El recorrido sigue por una escalera oscura con peldaños de hormigón desiguales. Desde la pared sobresalen trozos de ferralla y hay que subir con cuidado para no rasgarse la piel de los brazos.
Aterrorizadas ante la idea de acabar en manos de los hombres de negro del Estado Islámico, cientos de miles de personas han huido al norte de Irak



Las dos primeras plantas están desocupadas por el olor tan fuerte que se respira en ellas. En la tercera planta, hay unos niños sentados en la penumbra al lado de un agujero cubierto por una rejilla y que desemboca directamente en la planta baja. Algunas familias han acondicionado pequeños espacios con ladrillos recogidos aquí y allí. Otras han recuperado un colchón o dos, una esterilla, un bidón de agua. Pocas veces se ven más pertenencias que estas.
En la cuarta y en la quinta planta, las paredes están terminadas pero hay boquetes enormes por doquier, un peligro para los cientos de niños que tratan de escapar del aburrimiento con juegos cada vez más peligrosos. Ahmed Saoud es un abogado originario de Sinjar, vive con su familia en una de estas estancias: "Solo llevamos aquí cinco días. No hay nada, no hay agua, no hay aseos, hay que bajar cada vez". Además de las necesidades inmediatas, hay una pregunta que vuelve sin cesar: "¿Adónde podemos ir? No nos podemos quedar aquí, ya no hay nada para nosotros en Irak".
En el edificio de enfrente, la misma miseria y aún más riesgos. Ni siquiera hay una pared para protegerse del vacío, y se ven pequeñas piernas balancearse a quince metros del suelo, ajenas al peligro. Por todas partes hay colchones tirados en el suelo en los que descansan cuerpos afligidos, con la mirada cansada.
El camino para llegar hasta aquí ha sido largo y solo ha traído más preguntas. Mosha, una mujer de unos treinta años originaria de un pueblo cerca de Sinjar, cuenta su larga marcha hasta Zakho. Rompe a llorar al evocar la muerte de sus parientes a manos de los yihadistas del Estado Islámico. Se da la vuelta y se va, incapaz de proseguir con su relato.
En el exterior, la multitud se está agolpando al iniciarse un reparto de comida. Llegan dos camiones y una miríada de niños corre detrás, con un plato en la mano. La generosidad local ha permitido organizar un reparto de comidas calientes, una ayuda importante pero precaria.
¿Adónde podemos ir? No nos podemos quedar aquí, ya no hay nada para nosotros en Irak
Un poco más tarde llegan raciones alimentarias para las familias, así como kits de higiene. También se instalan enormes mangueras de agua en la primera planta de uno de los edificios. Éstas suplirán a los depósitos metálicos expuestos a pleno sol que dispensan un agua excesivamente caliente.
Quien lo sabe bien es el comerciante que vemos al entrar en esta extraña ciudad. El congelador en el que se sienta se ha convertido en un punto de avituallamiento para quienes pueden comprar agua en pequeñas botellas de medio litro. Los demás tendrán que esperan un poco más para que el agua llegue a los depósitos.
Son las cinco de la tarde y empieza la distribución. Las camionetas llegan levantando a su paso una nube de polvo. Dos vehículos se detienen delante de cada inmueble. A pesar del gran número de personas, todo se va organizando poco a poco y se ha nombrado para cada entrega a una persona de referencia para identificar las necesidades y determinar a los beneficiarios.
Desde lo alto de los inmuebles, miles de ojos miran hacia el contenido de los camiones que se van vaciando a medida que se escuchan los nombres. Cubos, jabón, esponjas, latas de atún, té, azúcar, raciones para cinco personas y tres días que no borran ni la angustia ni la rabia, pero que permitirán paliar las necesidades más acuciantes.
(Continuará...)
Florian Seriex es responsable de Comunicación de Acción contra el Hambre en la oficina regional de Jordania.

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CUANDO NO QUEDA MÁS REMEDIO... MIGRAR ES ASUMIR LA NECESIDAD DE ENFRENTAR EL CAMINO LARGO ► La migración, una experiencia positiva | Planeta Futuro | EL PAÍS

La migración, una experiencia positiva | Planeta Futuro | EL PAÍS



La migración, una experiencia positiva

He aquí algunas sugerencias de cómo debería ser una actuación correcta para lograr que la decisión de trabajar en otro país sea meditada y con posibilidades de éxito



Pienso que la migración es el más controvertido de los temas relacionados con la ayuda al desarrollo. Tanto es así que no estamos seguros de cómo abordar la temática: Sabemos que hay que trabajar "a favor" de los derechos de las minorías y "en contra" de los abusos a la infancia. Pero, cuando hablamos de migración no tenemos claro qué terminología es la correcta. ¿Debemos actuar "en contra" o "a favor" de ella?
Muchas veces nos centramos en los países receptores de esa inmigración a la hora de enfocar la problemática. Pero, ¿qué significa la migración para los países emisores? ¿Qué consecuencia tiene para el que emigra y para su entorno?
Durante los años 2008 y 2009 monitoreé un proyecto implantado, en parte, por una organización internacional especializada en migraciones internacionales. Se trataba de un modelo de migración estacional rotativo. El proyecto consistía en llevar a trabajadores de varias ciudades de Colombia hasta España. Allí, éstos trabajarían en la recolección de melones piel de sapo. Una vez acabado el periodo de recolección, los trabajadores volvían a su país. Al año siguiente, los colombianos reiniciaban el ciclo volviendo a España cuando comenzaba de nuevo la recolección de los melones.
¿Qué significa la migración para los países emisores? ¿Qué consecuencia tiene para el emigrante y su entorno?
Visité Colombia al final del proyecto y pude comprobar los efectos reales del mismo. Me entrevisté con varios trabajadores colombianos que habían participado en el programa y recuerdo, en concreto, el caso de María y de Evelyn.
María me recibió en su casa de Cali. Por lo miserable de la vivienda (una casita con una sola pieza con dos literas en la que dormían varias personas), pensé que la experiencia migratoria de María no fue tan satisfactoria. Ella y su familia seguían viviendo en la pobreza. María me explicó la historia de su hijo Pedro. Él era un adolescente cuando ella viajó a España la primera vez. Los padres de María se habían quedado a su cuidado. Así, él iba a la escuela. Tanto el niño como los abuelos mejoraron su nivel de vida gracias a los ingresos adicionales que María les enviaba bajo forma de remesas.
Todo parecía idílico hasta que una madrugada María recibió una llamada de su madre. Llorando le comentaba que Pedro había sido detenido por la policía. Había tenido una pelea y había disparado a otro joven con un arma. ¿De dónde sacó Pedro la pistola? María había vivido engañada por sus familiares. Sus padres, ya ancianos, no podían lidiar con el chico quien, tras la partida de su madre, se había vuelto rebelde. Abuelos y nieto llegaron a un acuerdo: se repartirían las remesas enviadas por su madre. Ellos mentirían a María asegurándole que el hijo iba a la escuela y tenía una vida normal y María quedaría tranquila. Pablo abandonó la escuela y se dedicó a actividades inciertas cuyo fruto ya conocemos. Mientras María estaba fuera y, tras el acuerdo con su nieto, los abuelos gozaban de un poco más de dinero para vivir con algo más de holgura. Pedro cumplía condena en una cárcel colombiana. Su madre, María, no podía contener las lágrimas al relatarlo.
El otro caso que me sorprendió es el de Evelyn. Ella vive en Medellín. Afortunadamente, su familia no sufrió ninguna tragedia como la de María. Evelyn viajó a España dos años con el proyecto de migración circular. Con lo recaudado en sus viajes a España, ella compró, para su hijo mayor, un impresionante equipo musical y equipamiento deportivo (chándal, zapatillas de deporte…) de marca. A su hija de seis años, le renovó el vestuario completo. A los pocos días de volver, la madre había gastado todo el dinero que con tanto esfuerzo había ganado en España. El dinero fue gastado en bienes de consumo que a medio y largo plazo no mejorarían su vida. ¿Mereció la pena incurrir en tantos riesgos, sacrificios y complicaciones por un beneficio tan reducido? Recordemos que la mayor parte de la educación que recibe un niño proviene de sus progenitores. Los hijos del migrante pagan un alto precio en términos educativos (y de protección) al ser obligados a renunciar a la presencia de sus padres.
Los inmigrantes colombianos en España se limitaban a introducir melones en cajas de cartón; poco aprendizaje se podía sacar de eso
Más críticas. Primera: los inmigrantes son los primeros en sufrir las crisis económicas en los países receptores. Tras la crisis económica de España del 2008, los empresarios agrícolas contrataban mano de obra española, mucho más accesible (y por tanto más barata). Muchos de los trabajadores colombianos que contaban con viajar tres o cuatro años a España, no volvieron a hacerlo.
Segundo: el proyecto tenía como objetivo secundario que los trabajadores colombianos aprendieran de técnicas agrícolas que pudieran serles de posterior utilidad en Colombia. La realidad, sin embargo, es que se limitaban a introducir melones en cajas de cartón durante toda su jornada laboral. Poco aprendizaje se podía sacar de eso.
Podemos dividir las experiencias migratorias en dos categorías: las positivas (aquellas en las que la situación final es mejor que la inicial para todos los actores implicados) y las negativas (aquellas en las que dicha situación es peor).
Para aumentar el número de experiencias migratorias positivas, los países receptores deberían trabajar más en los países donde la migración se origina. En concreto habría que llevar a cabo más acciones de concienciación dirigidas a aquellos individuos que pretender migrar. Esas acciones deberán explicar la realidad a la que los migrantes deberán hacer frente. También, brindar acompañamiento al migrante y a su entrono antes, durante y después de su experiencia migratoria. Y, por último: identificar a aquellos migrantes cuyo perfil corresponda con el efectivamente buscado en los países de destino. Ellos tendrán más posibilidades de vivir una experiencia migratoria positiva.
Miguel Forcat Luque es economista y trabaja para la Comisión de la Unión Europea. El propósito de este artículo fue escrito por el autor por su propio nombre y no refleja necesariamente el punto de vista de la institución para la que trabaja. El propósito de este artículo no compromete la responsabilidad de esta institución.

martes, 5 de mayo de 2015

La salud ni se quita ni se da. Es un derecho.




Tres años sin ser atendidos en el ambulatorio
Rosa Azócar e Ismael Cancino
FIRMA CONTRA LA REFORMA SANITARIA

Te presento a Rosa y a Ismael. Ella tiene 83 años, él 82. Son chilenos, al igual que su hijo Patricio, con el que viven en un pueblo entre Toledo y Madrid.

Patricio y su padre tienen permiso de residencia permanente. En cambio, Rosa aún no.

En los últimos tres años, esta pareja de ancianos no ha sido atendida en su ambulatorio ni una sola vez. ¿Por qué? Les quitaron su tarjeta sanitaria.

La salud ni se quita ni se da. Es un derecho.
La lista de achaques de Rosa es interminable: hipertensión, alzhéimer, Párkinson, artrosis, diabetes. Y para colmo, en 2014 se rompió la cadera. Por su parte, Ismael tiene una enfermedad vascular relacionada con un ictus que sufrió hace cinco años, migrañas, artrosis, depresión e hipertensión.

En estos tres años, solamente les han atendido en Urgencias. Y el hospital más cercano a su casa está a 40 kilómetros. Sólo han podido volver a tener tarjeta sanitaria después de que distintas organizaciones médicas dieran a conocer su caso al Defensor del Pueblo.

Los tres años que ha sufrido esta pareja de ancianos tras la reforma sanitaria del gobierno  han puesto en grave peligro su salud. Y como ellos, decenas de miles de personas en España ya no tienen derecho a atención médica primaria.

por favor, únete a esta petición y exige que esta reforma inhumana sea retirada. La salud no es un privilegio, es un derecho.

Gracias por tu apoyo incondicional.
Esteban Beltrán
Director de Amnistía Internacional-Sección Española

ENTRE LA IMPRUDENCIA Y EL SALVAJISMO ▼ RUTAS DE LA MUERTE ▼ UNA AUSENCIA MÁS DE LOS ESTADOS ► Las carreteras dejan 130.000 muertes en América Latina | Internacional | EL PAÍS

Las carreteras dejan 130.000 muertes en América Latina | Internacional | EL PAÍS



Las carreteras dejan 130.000 muertes en América Latina

Más del 90% de los fallecimientos sobre el asfalto ocurren en países en desarrollo, pese a contar con solo el 48% del parque mundial de vehículos







Dos autobuses accidentados en el Estado mexicano de Puebla. / CARLOS PACHECO (NOTIMEX)


Matan anualmente a más gente de la que murió en la guerra de Irak y provocan tantos heridos como la población total de España, Argentina o Colombia. 
Además del dolor humano infligido, se cobran entre el 1% y el 3% del PIB de varios países, lo que representa unas pérdidas estimadas de 500.000 millones de dólares –equivalente a los ingresos de un país mediano como Noruega, por ejemplo. 
Son los accidentes de tráfico, uno de los enemigos más implacables de las sociedades postmodernas, una epidemia difícil de frenar especialmente en las regiones en desarrollo, donde se registran el 90% de las muertes, a pesar de contar solo con el 48% del parque mundial de vehículos matriculados. 
Como sucede en la mayoría de contextos, los más afectados por la inseguridad vial son los colectivos vulnerables: en este caso peatones, ciclistas y motoristas. Ellos suman el 46% de las muertes mundiales por accidentes de tráfico, y se han convertido en el colectivo a proteger con más urgencia. 
La trágica realidad tras estas cifras llevó a las Naciones Unidas a crear la Década de Acción para la Seguridad Vial, que para el 2020 debe lograr una reducción significativa de víctimas mortales en accidentes de tráfico en el mundo, a través de la mejora de los programas de los gobiernos. Como parte de esa campaña, desde hoy hasta 8 de mayo se celebra en todo el mundo la Semana de la Seguridad Vial. 

Latinoamérica, la región más afectada

Para América Latina, que ocupa el primer lugar en el triste ranquin mundial de las regiones con las tasas de mortalidad más altas por accidentes de tráfico, el llamado de las Naciones Unidas se concreta en el siguiente desafío: reducir un 50% las víctimas en carreteras para el 2020. En otras palabras, que las 130.000 muertes que se registran en la actualidad disminuyan a la mitad.
Entre los principales obstáculos para lograr el objetivo, según los expertos, están el mal estado de las carreteras, la falta de educación vial o los sistemas de seguridad deficiente. El simple hecho de abrocharse el cinturón, según la OMS, reduce entre un 40 y un 60% el riesgo de muerte de los pasajeros en asientos delanteros, y entre el 25 y 75% de los pasajeros en asientos traseros. De todas formas, hoy por hoy, solo el 57% de los países exigen el uso del cinturón en asientos traseros y delanteros.
Otro de los aspectos cruciales para reducir las muertes en las carreteras son la recolección de datos. Y es que contar con datos veraces sobre las causas de los accidentes, si las víctimas cumplían o no con las normas de seguridad o la franja de edad de los fallecidos es crucial para elaborar políticas viales que funcionen.
¨América Latina debe sistematizar la recolecta de datos para hacer frente al creciente número de siniestros fatales en las carreteras. Los datos son imprescindibles para diagnosticar problemas, crear estrategias para solucionarlos, y ver qué resultados dan esas estrategias¨, explica Julian Lampietti, líder del programa en infraestructura del Banco Mundial.

Los datos, cruciales para reducir las muertes en las carreteras

Aunque la situación de América Latina en este terreno no es ideal, los sistemas de recolección de datos mejoraron sustancialmente gracias a la creación, en 2010, del primer observatorio vial regional –OISEVI-, que en poco tiempo ha logrado establecer una base de datos fiable y, paralelamente, está facilitando el intercambio de experiencias exitosas entre países.
El trabajo de este organismo se ha visto recientemente compensado con el reconocimiento del IRTAD –organismo de la OCDE que alberga la mayor y más fiable base de datos en seguridad vial del mundo-, que ha validado e incluido los datos latinoamericanos en sus anales.
Uno de los países de la región que más avances registra en este ámbito es Argentina. Desde su creación en 2008, la Agencia Nacional de Seguridad Vial ha aplicado políticas viales, basadas en datos veraces, que han contribuido a reducir el número de muertes en las carreteras de 15,4 a 13,6 por cada 100.000 habitantes.
Esta reducción se ha enfocado especialmente en los llamados ¨usuarios vulnerables¨ (peatones, ciclistas y motoristas), que en Latinoamérica representan la mitad de las muertes, según la OMS.
Los expertos también señalan que para cumplir con las promesas de la Década de Acción, será necesario consolidar el trabajo conjunto de gobiernos, entidades del transporte, sociedad civil, e industria del automóvil.

lunes, 4 de mayo de 2015

HÉROES DE LOS SILENCIOS ► Las heroínas de Palestina

Las heroínas de Palestina

Médicos Sin Fronteras (MSF)



Las heroínas de Palestina

Segunda entrega de la serie de Ramón Lobo. El reportero sigue viajando con Médicos Sin Fronteras para contar historias de mujeres que pelean día a día por mejorar su existencia

En la aldea de Nabi Saleh, Manal Tamimi y su esposo, Bilal, han convertido las redes sociales en su mejor arma para denunciar la represión del Ejército israelí

RAMÓN LOBO
MIÉRCOLES, 29 DE ABRIL DEL 2015 - 17.47 H


Manal Tamimi mira por el ventanal del hotel que regenta en Ramala.


La joven Sauza (centro), con sus cuñadas Mariam e Imán. Viven en una tienda de campaña, junto a la madre de Sauza, en la aldea de Mufaghara.

La joven Sauza (centro), con sus cuñadas Mariam e Imán. Viven en una tienda de campaña, junto a la madre de Sauza, en la aldea de Mufaghara.



Manal Tamimi podría sostener el mundo sobre sus hombros. Es una luchadora, madre de una hija y tres hijos, y podría ser perfectamente la presidenta de la Autoridad Nacional Palestina (ANP). Le sobran agallas, es honesta, tiene discurso. Habla desde un ventanal que se asoma al bullicioso mercado de Ramala, en Cisjordania. Si se levanta un poco la vista, se ve la realidad: las colonias judías que han ido invadiendo poco a poco Jerusalén Este desde 1967.
Su esposo se llama Bilal Tamimi, y es periodista. Cada viernes graba la represión del Ejército israelí dentro de Nabi Saleh, su aldea, situada 20 kilómetros al noroeste de Ramala. Manal pone la voz a estas imágenes de denuncia. Es el rostro internacional de una lucha por sus tierras, una líder que defiende la no violencia y viaja por el mundo denunciando la situación del pueblo palestino. Evita condenar a Hamás porque Gaza es diferente, y es crítica con la corrupción de la ANP.
  • Nura (en el centro) recorre cada día, junto con otros niños beduinos, una gran distancia para ir desde la aldea en la que vive hasta el colegio de Nabi Saleh.
  • Este chico de Nabi Saleh que exhibe con orgullo los nombres de varios futbolistas escritos en el brazo fue herido días después de que se tomara esta foto.

Robo del acceso al último manantial 

Los 550 habitantes de Nabi Saleh son tan tozudos como Manal. Desde el 2009 salen todos los viernes en manifestación pacífica por las calles del pueblo tras el rezo en la mezquita. Protestan porque el asentamiento de Halamish, con 1.500 colonos judíos, alzado en la colina de enfrente, les ha robado el acceso al último de sus cuatro manantiales. Ahora dependen de la lluvia, de los depósitos de plástico que reposan sobre los tejados de sus casas y del ahorro: 12 horas de agua a la semana. En Halamish no hay restricciones: pueden regar los jardines, llenar sus piscinas.
Manal lleva hiyab, tiene 42 años, los ojos claros, las manos firmes y un discurso político que para sí quisieran Mahmud Abás y Barack Obama. “Los dos Estados son una ilusión, una estafa; la única solución es un solo Estado democrático con igualdad de derechos”. Es también el sueño del primer ministro israelí Benjamín Netanyahu y de la extrema derecha de su país: un solo Estado, pero, en su caso, sin árabes. El primero que lanzó la idea fue el intelectual palestino Edward Said: disolución de la ANP y todos israelís en un Estado democrático. Esto acabaría forzando a las autoridades de Israel a decantarse: democracia o racismo, apartheid.

19 hijos y 227 nietos

Solo los ultraortodoxos compiten con los palestinos en familias numerosas. En un solo Estado habría algo más de seis millones de judíos y más de cuatro millones de palestinos, sin contar los 1,4 millones de Gaza. Hace diez años conocí a una mujer que vivía en el campo de refugiados de Yenín. Era el ejemplo de lo que teme Netanyahu. Latifi Abd Alraziq tenía 19 hijos, 227 nietos y un bisnieto. Ella quizás habrá muerto, pero seguro que su familia se ha multiplicado.
La mujer que podría sostener el mundo sobre sus hombros se hizo activista por esperanza, porque necesitaba abrir un agujero en el muro, en el del odio y en el físico, y ofrecer un futuro a sus cuatro hijos.

Fuenteovejuna con acceso a redes sociales

La entrada de su casa en Nabi Saleh está decorada con restos de bombas. Aunque parece una exposición surrealista, solo es cotidianidad hiperrealista. El salón parece una minirredacción periodística. Bilal y su hijo trabajan a destajo en la edición y difusión. Sus armas son las cámaras de fotos y de vídeo. Han contagiado a todo al pueblo: cada viernes, decenas de personas marchan con sus teléfonos móviles en ristre para grabar cada injusticia. Nabi Saleh es una Fuenteovejuna con acceso a las redes sociales.
En la escuela de Nabi Saleh no hay separación de sexos como es habitual en Palestina. Lo impide la escasez de medios y de profesores. Tampoco es grave: todos sus habitantes son Tamimi; más que una familia amplia, son un clan. Algunos jóvenes, adolescentes aún, tienen cicatrices en la cara; otros siguen el partidillo de fútbol desde un lado de la cancha porque no pueden correr. Es el caso deBassel Ahmad. El Ejército israelí no solo dispara balas de goma y botes de humo, también emplea munición de fuego, de pequeño calibre. Las llaman balas tutu y su objetivo son las piernas. Algunos viernes, junto con los soldados, entra un camión cisterna blanco que lanza un líquido verdoso que huele a mierda. Su objetivo son los depósitos de agua de las azoteas.

Aumenta la violencia doméstica

Jumana Abo es palestina del norte de Israel. Su familia no escapó en la Nakba, la gran catástrofe, como llaman los palestinos a 1948, cuando se creó el Estado de Israel y estalló una guerra regional con los países árabes circundantes que acabó en derrota, sobre todo para cientos de miles de palestinos que fueron expulsados. Quedaron refugiados para siempre en Líbano, Siria y Jordania. Por eso tiene pasaporte y nacionalidad israelí, pero es ciudadana de segunda clase: árabe, sospechosa. Abo es psicóloga y experta en Derechos Humanos. Trabajó con Médicos Sin Fronteras (MSF) en Nabi Saleh, y sabe bien que la mayoría de los habitantes de la aldea sufren estrés.
El círculo de violencia exterior ha entrado en muchas casas de Gaza y Cisjordania, donde han aumentado los casos de violencia doméstica. Los niños han desaprendido el arte de discutir, carecen de gradación en el enfado; estallan y pelean. Los niños juegan a ser soldados, colonos y palestinos. Esos son los papeles disponibles. En este juego, los que interpretan a palestinos siempre pierden. Son las reglas.

Humillación cosntante

Médicos sin Fronteras ofrece en esta y otras aldeas de Cisjordania ayuda psicológica. No son solo los traumas por una bala, una paliza o una detención, el problema es la vida cotidiana bajo la humillación constante. Dos de los niños que jugaron con nosotros en el colegio, que pidieron que les escribiéramos en los brazos los nombres de Messi, Cristiano, Neymar y otras estrellas del fútbol, resultaron heridos el siguiente viernes. Son solo 550, hay ración de represión para todos.
En Jerusalén está Yad Vasem, el museo dedicado al Holocausto, para que todos, escolares, soldados y turistas no olviden. Entre sus paredes se concentra todo el horror que sufrieron millones de judíos en Europa, los que fueron asesinados y los que sobrevivieron. Es un museo que conmociona. Dan ganas de pronunciar cada nombre que se lee para que de alguna forma reviva. Cuando termino la visita me pregunto: ¿quién se deshumaniza más, la víctima o el verdugo? La respuesta es el verdugo, y es una pregunta que se puede repetir en la calles de Nabi Saleh y de otros muchos sitios.

Prácticas militares con población real

Hebrón es una ciudad palestina de 140.000 habitantes situada a 30 kilómetros al sur de Jerusalén. En ella está el único asentamiento judío que se halla dentro de una urbe palestina. Son 500 colonos fuertemente armados situados cerca de la tumba de los patriarcas, donde, según las tradiciones judía, cristiana e islámica, fueron sepultados Abraham, Sara, Isaac, Rebeca, Lea y Jacob, el de la santa paciencia. Las tres religiones que predican la paz se hacen la guerra. El Ejército israelí que protege a los colonos tiene controlado el centro histórico. A veces lo cierra, practica registros y detenciones arbitrarias. Para ellos es entrenamiento, como en Nabi Saleh: prácticas militares con población real.
En la casa de MSF trabaja Mariam Qabas, una asistenta social que, como el resto de la oficina, atiende a beduinos, cuya situación es complicada, pues no tienen derecho ni a casa y están siendo expulsados de sus tierras tradicionales. Mariam es una argelina que en 1987 se enamoró de Murad, un joven sirio enrolado en Líbano en la Organización de Liberación de Palestina (OLP) de Yasir Arafat. Se conocieron en su exilio en Argel, cuando ella tenía 18 años y una vida por delante. Murad creyó en los Acuerdos de Paz firmados en Oslo y trasladó a su familia a Hebrón en el año 2000. Tienen cuatro hijos: dos chicas, Zakia, de 23, y Jihan, de 14 años; y dos chicos, Mohamed, de 19, e Ismael, de 6. Murad refleja un sentimiento general de los palestinos: se siente traicionado, desesperanzado. Cuenta los días que faltan para alcanzar la jubilación y trasladarse a Argel junto con Mariam y sus hijos. Han pasado los años y las decepciones, pero ella sostiene que aún está enamorada. Tiene tres trabajos: MSF, cuidar de sus hijos y mantener la ilusión familiar. Mariam Qabas es otra mujer coraje.

Poblado fantasma

Sauza tiene 24 años, es palestina, beduina y mujer, demasiados obstáculos para una sola vida. Tiene su casa, por llamarla de alguna manera, en el poblado fantasma de Mufaghara, cerca de Hebrón y en el que carecen de electricidad. En él viven en tiendas 17 familias, 150 habitantes. No las pueden techar ni construir paredes. Si lo hacen, llegan los soldados con una excavadora y lo echan todo abajo. El pago del servicio de destrucción corre a cuenta de la víctima. A ambos lados de Mufaghara se yerguen dos asentamientos judíos, Afighail y Karmel; ellos no tienen problemas con los permisos para construir. Sauza dice que el Ejército ha declarado el poblado zona militar, una medida que permite tomar decisiones en nombre de la seguridad y expulsarles en cualquier momento.
Desde 1948, la familia de Sauza se mueve entre Yatta y Mufaghara. Ya no se atreven a dejar el poblado por miedo a perderlo todo. El Gobierno de Israel tiene un plan: reunir a 12.000 beduinos palestinos que viven entre Jerusalén y Jericó en una nueva ciudad. Ellos se niegan, pese a que en ella tendrían acceso a agua potable y electricidad. No solo se trata de qué hacer con sus animales de pastoreo, sino que la tierra es la conexión con sus antepasados, con su identidad.

"Ellos lo saben todo"

Desde Mufaghara hay una gran vista. En los días claros se ven el mar Muerto y Jordania. En el asentamiento vecino de Karmel se alzan unas antenas que todo lo oyen y todo lo ven, según cuenta Sauza: “Ellos lo saben todo”. Una pequeña mezquita yace destripada en medio de las tiendas. “Dijeron que era una edificación y la derribaron”. En otras aldeas similares, los beduinos utilizan las lonas para cubrir paredes de ladrillo con las que se defienden del frío y del agua. “Incluso está prohibido que tengamos suelo de cemento”, asegura. Sauza estudia en la universidad. Quiere aprender a ser una activista de los derechos humanos.
No existen cifras exactas de cuántos beduinos hay en Cisjordania. Los optimistas afirman que en lo que fue el antiguo mandato británico de Palestina hay 170.000. Los beduinos que se quedaron dentro de las fronteras de Israel en 1948 tienen nacionalidad israelí, como es el caso de los que viven en el desierto del Néguev. Tienen derecho a la nacionalidad israelí y deben hacer el servicio militar obligatorio. Si palestinos israelís como la psicóloga Jumana Abo son ciudadanos de segunda, los beduinos israelís lo son de tercera. En el caso de los beduinos palestinos no hay derechos, son invisibles. Los de Miagara y los del Néguev están unidos por el mismo problema: hay un plan para sacarlos de ahí que quedó paralizado por las protestas internacionales y, sobre todo, por la reciente campaña electoral israelí.

Acoso de los colonos

Cuando Sauza sale a la carretera para tomar un autobús se arriesga al acoso de los colonos. Ellos son parte de la presión para echarlos de sus tierras. En el valle que mira a Jordania hay olivos. El olivo es un símbolo de pertenencia. Algunos están cortados. Son señales de que no son bienvenidos en su propia tierra. Sauza nació en Mufaghara, igual que su madre, Halima, y el padre de su madre. Dice que la situación cambió tras la segunda Intifada. Viven junto a sus cuñadas Mariam e Imán en casa de un tío porque los soldados echaron abajo su casa. En la aldea no hay hombres, pero en los campos hay mujeres pastoreando o trabajando la tierra. En la sala donde nos reciben hay dibujos de los niños de la aldea. Es la escuela.
Nura tiene 12 años. Camina junto a la carretera con otros niños beduinos que regresan a casa. Pertenecen a otra aldea. Le gusta la lengua árabe y odia las matemáticas. Aún no sabe qué quiere ser de mayor. El menú de opciones es tan reducido que es mejor no pensar. Al otro lado del asfalto está una mujer de 29 años que también se llama Halima. Es pastora. Tiene cerca de medio centenar de ovejas. Ha vuelto a trabajar ese mismo día tras dar a luz hace dos semanas a su primer hijo, una niña.

Caballos de Troya de la ocupación

A las aldeas beduinas de Cisjordania las llaman fantasmas porque no aparecen en los mapas. Son, en realidad, aldeas no reconocidas. Los asentamientos se ubican en zonas altas ricas en agua. Cada asentamiento tiene sus carreteras y el perímetro de seguridad que necesita. Unas pocas viviendas se convierten en un caballo de Troya de la ocupación. Ese es el plan: hacer imposible que haya dos Estados. ¿Cuál es la alternativa? ¿Un solo Estado como defiende la activista de derechos humanos Manal Tamimi?
Cada viernes, los habitantes de Nabi Saleh, la Fueteovejuna palestina, salen a las calles de su pueblo para reclamar sus derechos y poner la otra mejilla. Llevan dos muertos y numerosos heridos. Lejos de Cisjordania y de Israel, los gobiernos occidentales se declaran consternados por la situación de los palestinos y hablan de la necesidad de reanudar las conversaciones de una paz que no existe desde 1948. Primero perdieron las tierras; después, las palabras, que también les ocuparon, como la de antisemita referida solo a los judíos, cuando los palestinos son también semitas. Queda la esperanza en mujeres como Manal, Jumana, Mariam, Sauza y la pastora Halima. Son la última oportunidad en una tierra de bárbaros, odio y sangre.