domingo, 24 de mayo de 2015

25 de MAYO de 1810 - 25 de MAYO de 2015


LA SOCIEDAD HUMANA ESTÁ ATRAPADA ENTRE APUROS Y URGENCIAS... IMPUESTAS POR Y DESDE EL CAPITALISMO FEROZ ▼ La vida sin pausa | Cultura | EL PAÍS

La vida sin pausa | Cultura | EL PAÍS

La vida sin pausa

Se nos exige estar conectados 24 horas al día. Y las consecuencias se dejan sentir en multitud de órdenes de la existencia





Edificio iluminado de noche en Madrid. / SAMUEL SÁNCHEZ


La vida sin pausa propia del capitalismo del siglo XXI provoca conflictos que son inseparables de las configuraciones del sueño y la vigilia, la iluminación y la oscuridad, la justicia y el terror. Genera indefensión y vulnerabilidad. La fórmula 24/7 [24 horas al día, siete días a la semana] sirve para evocar una constelación de poderosos procesos de nuestro mundo contemporáneo caracterizados por la actividad, la acumulación, la producción, las compras, la comunicación, el juego, o cualquier otra cosa, incesantes. Ya sea en el trabajo o en el tiempo libre, existe una imposibilidad cada vez mayor de hacer una pausa, de estar desconectado. 24/7 significa la imposición generalizada a la vida humana de una duración sin interrupciones, de un tiempo homogéneo que ya no transcurre.Trasciende al tiempo del reloj y se define por un principio de funcionamiento y operación continuos.
La vida sin pausa propia del capitalismo del siglo XXI provoca conflictos 
24/7 significa que no hay intervalos de calma, silencio, o descanso y retiro. Igualmente importante es que se trata de una condición de exposición y visibilidad permanentes, un mundo iluminado ininterrumpidamente en el cual nada de lo íntimo puede permanecer oculto o en el ámbito privado. Es sinónimo de la implacable traducción a valor monetario de cualquier intervalo de tiempo posible o de cualquier relación social concebible, de hacer todos los elementos de nuestras vidas convertibles a los valores del mercado. La mayoría de los motores básicos de la vida humana —el hambre, la sed, el deseo sexual, y, desde hace poco, la necesidad de amistad— han sido transformados artificialmente en formas mercantilizadas o financializadas. Sin embargo, la gran excepción es el sueño. El sueño, en cambio, representa esa parte de las necesidades humanas y de los intervalos de tiempo que no pueden ser colonizados o conectados a una enorme máquina de obtener rentabilidad. Lo extraordinario del sueño en esta era es que de él no se puede extraer absolutamente ningún valor monetario.
En su profunda inutilidad, su absoluta pasividad y su inmensa pérdida de tiempo de producción y consumo, el sueño entrará siempre en colisión con las exigencias de un universo 24/7. La gran parte de nuestras vidas que pasamos dormidos, liberados de tener que satisfacer mecánicamente la proliferación de falsas necesidades, es uno de los grandes desafíos humanos a la voracidad del capitalismo contemporáneo. El sueño es una interrupción intransigente del robo de nuestro tiempo por parte del capitalismo. Nuestro actual sistema económico mundial de mercados 24/7 y de producción y consumo incesantes es fundamentalmente incompatible con la pausa de inactividad del sueño humano. Para mí, es una fuente de optimismo que haya un intervalo en el tiempo humano que sea imposible de conquistar en la práctica por la lógica del mercado y de otras fuerzas de control. El sueño puede sufrir perjuicios o mermas a causa de esa vida sin pausa inducida por las nuevas tecnologías y la globalización, pero nunca podrá ser totalmente colonizado o racionalizado. Ahora nuestra meta debería consistir en concentrarnos en otros espacios y actividades que necesiten ser defendidos de su traducción en valor financiero, ya sea en el lugar de trabajo, en el medio ambiente, en la educación, en la agricultura o en muchas otras áreas en crisis.
El sistema 24/7 ha suplantado la mayor parte de las notas distintivas rítmicas y periódicas de la vida humana que florecieron durante miles de años. Connota un esquema arbitrario y rígido de la semana, privado de la variopinta indeterminación de la experiencia vital. Como señalaba al principio, muchas instituciones del mundo desarrollado llevan décadas funcionando 24 horas al día siete días a la semana, sobre todo desde la implantación de las comunicaciones por satélite. Pero no ha sido hasta hace poco, en los últimos 10 o 15 años, cuando la elaboración de la propia identidad personal y social está siendo reorganizada para adaptarla al funcionamiento ininterrumpido de los mercados, las redes de información y otros sistemas.
El tiempo para el descanso es demasiado caro para ser posible en la actual economía global
Un entorno 24/7 tiene la apariencia de un mundo social, pero en realidad es un modelo no social de conducta maquinal y una suspensión del acto de vivir que encubre el coste humano exigido para sostener su efectividad. Se debe distinguir de lo que Georg Lukács y otros definieron a principios del siglo XX como el tiempo vacío y homogéneo de la modernidad, el tiempo métrico o de calendario de los países, de las finanzas o de la industria, del cual estaban excluidas las esperanzas o los proyectos de los individuos o de la clase trabajadora. La novedad es el abandono generalizado de todo fingimiento de que el tiempo va unido a cualquier proyecto a largo plazo, incluso a fantasías de “progreso” o desarrollo. Un mundo sin sombras, iluminado 24 horas al día siete días a la semana, es el sueño capitalista final de la poshistoria, en la que la alteridad que constituye el motor del cambio histórico ha sido suprimida.
24/7 es un tiempo de indiferencia, frente a la cual quedan al desnudo la fragilidad y la precariedad de la vida humana, y en el que el sueño no es necesario ni inevitable. Con respecto al trabajo, hace verosímil, incluso normal, la idea de trabajar sin pausa, sin límite. 24/7 está alineado con lo inanimado, lo inerte o lo exento de envejecer. Como una exhortación publicitaria, proclama la disponibilidad absoluta, y por lo tanto, las necesidades ininterrumpidas y la incitación a ellas, pero también su insatisfacción perpetua. La ausencia de restricciones al consumo no es simplemente temporal. Hace tiempo que dejamos atrás la época en la que se acumulaban principalmente cosas. En la actualidad nuestros cuerpos y nuestras identidades asimilan una sobrecarga en continua expansión de servicios, imágenes, procedimientos o substancias químicas hasta un límite maligno o, a menudo, fatal. La supervivencia a largo plazo del individuo es cada vez más prescindible a tenor del abandono del Estado de bienestar, así como de cualquier forma de capitalismo mitigada o controlada. Se rechaza la necesidad de cualquier intermedio de pausa o quietud. El tiempo para el descanso, la salud o el bienestar es sencillamente demasiado caro para ser posible dentro de la actual economía global.
De forma similar, el sistema 24/7 es inseparable de la catástrofe medioambiental por su declaración de gasto permanente, de derroche infinito con la consiguiente alteración terminal de los ciclos de día y noche y de las estaciones de los cuales depende la integridad ecológica. Un rasgo destacado del mundo actual es la irrelevancia de cualquier noción de preservación o conservación. Tomemos el ejemplo de la incalculablemente valiosa selva del Yasuní, en Ecuador, hogar de poblaciones indígenas, pero también con un subsuelo rico en petróleo. Cuando el Gobierno planteó que no se llevarían a cabo perforaciones si se lograba reunir un fondo mundial de tan solo 3.000 millones de dólares (2.644 millones de euros) para compensar el sacrificio de los ingresos del petróleo, las instituciones más ricas del planeta apenas fueron capaces de prometer unos pocos millones.
La lección es que si en algún sitio hay recursos de cualquier clase de los que apropiarse o que explotar, tarde o temprano serán apropiados o explotados. Actualmente, en todo el planeta está teniendo lugar una frenética orgía ininterrumpida de saqueo y acumulación, ya sea la fracturación hidráulica, la minería del carbón, la perforación submarina, la agroindustria, el refinado tóxico de minerales o la contaminación de los océanos y los ríos. La lógica de esta expropiación de recursos exige que prosiga sin cesar, de la mañana a la noche, 24 horas al día siete días a la semana, sin dar tiempo a la regeneración de los sistemas vivientes y de los entornos. Tendemos a pensar que hemos entrado en una nueva era de mundos desmaterializados y virtuales de redes digitales, robótica y nanotecnología, pero la fuerza motriz que hay detrás del capitalismo del siglo XXI sigue siendo el expolio de las materias primas de la Tierra. E, inevitablemente, los inmensos proyectos de extracción de recursos que saquean el suelo y el agua son posibles con la intervención de la violencia militar y las formas represivas de poder político. Como ya sabemos, aunque prefiramos no pensar en ello, los dispositivos digitales que nos requieren 24 horas al día siete días a la semana y que definen quiénes somos, no podrían existir sin la expropiación destructiva y letal de la riqueza mineral del Sur global.
Pero también insisto en que las temporalidades sin pausa son corrosivas para el tejido de la vida social y la sociedad civil. Al fomentar una cultura vacía de autopromoción y autoabsorción, las tecnologías 24/7 perpetúan la ilusión de un tiempo sin espera, de una instantaneidad a demanda, de adquirir y tener manteniéndose aislado de la presencia física de otros y de cualquier sentido de la responsabilidad que esta pueda conllevar. El sistema 24/7 también mina la paciencia y la deferencia individuales que son cruciales para cualquier forma de democracia directa: la paciencia de escuchar a los otros y de esperar a que llegue el turno para hablar. El problema de esperar, de intervenir por turnos, está ligado a una incompatibilidad más amplia del capitalismo del 24/7 con cualquier práctica social en la que intervengan el compartir, la reciprocidad o la cooperación. Para los partidos y los grupos de izquierdas, el concepto de “política por Internet” es un oxímoron desastroso. Puede que las plataformas de las redes sociales tengan el potencial algorítmico de movilizar a gran cantidad de personas en torno a un solo tema o a un acontecimiento único, pero son intrínsecamente incapaces de alimentar una comprensión vivida de la interdependencia humana o de las prácticas fortalecedoras de apoyo mutuo basadas en la comunidad.
Como nos dicen muchos famosos teóricos de la política, cualquier clase de resistencia eficaz supone inventar al mismo tiempo nuevas maneras de vivir. Y aquí viene la parte difícil: antes de que cualquier nueva forma de vida social pueda surgir siquiera de forma provisional, tiene que haber un replanteamiento radical de cuáles son nuestras necesidades, un redescubrimiento de cuáles son nuestros deseos. Esto significa dejar por completo de comprar lo que se nos dice que necesitamos, y repudiar del todo el papel de consumidores. Significa rechazar activamente la letalidad de la cultura del dinero y todas las imágenes y fantasías tóxicas de riqueza material que nos rodean. Para aquellos de nosotros que tengamos hijos, significa abandonar las expectativas imposibles y desesperadas de éxito profesional y económico que les imponemos, y proporcionarles en cambio visiones de un futuro habitable compartido colectivamente. Pero estas son tan solo las primeras de las tareas preliminares, una preparación rudimentaria para las luchas políticas reales que están teniendo lugar actualmente y para aquellas que no tardarán en extenderse por doquier, en medio de la intensificación de la catástrofe ecológica, la polarización económica y la guerra imperial.
Jonathan Crary es profesor de Historia de Arte Moderno en la Universidad de Columbia de Nueva York. 24/7, su último libro está editado por Ariel.
Traducción de News Clips.


Libertad como desconexión | Opinión | EL PAÍS



Libertad como desconexión

La obligación de estar conectados invade todos los ámbitos de la sociedad y convierte la cotidianidad en un asunto extenuante


En la era de las redes y las conexiones, de los links y la instantaneidad comunicativa, la peor tragedia cotidiana es tener que escuchar que el teléfono marcado está desconectado o fuera de cobertura, que alguien tarde demasiado (es decir, dos días) en contestar un correo electrónico. Y la pérdida de conexión equivale a la muerte comunicativa, donde uno queda al margen de las oportunidades vitales. Si el fallo o la lentitud en la conexión los experimentamos como un verdadero drama es porque la comunicación inmediata forma parte de las posibilidades que damos por supuestas en una sociedad de la instantaneidad interactiva.
El éxito de la metáfora de la Red para describir la sociedad contemporánea se debe a la omnipresente realidad de la conexión. La conectividad es vista como un multiplicador de las actividades y de las oportunidades. El estado de conexión permanente se ha convertido en nuestra normalidad cotidiana. La obligación de estar conectado vale para todos los ámbitos de la sociedad: para el cultivo de la amistad, para la comunicación en la familia, para las organizaciones, la ciencia o los movimientos antiglobalización, para los niños a los que en una edad muy temprana pertrechamos con un móvil.
No llevamos bien la desconexión porque sentimos que nos estamos perdiendo algo
La conectividad es tanto un imperativo técnico como moral. Se trata de estar siempre integrado, disponible, accesible. No llevamos bien la desconexión porque estamos psicológicamente configurados con la sensación de que nos estamos perdiendo algo, sin argumentos para frenar la multiplicación de los contactos y apremiados por la exigencia de rendimiento continuo. No estar al alcance de los demás o resistirse a ciertas redes es toda una rareza. La conexión ha sido la clave de las oportunidades personales y la fuente de la riqueza para las naciones. La desigualdad digital se ha planteado como un problema de desigualdad en el acceso y no tanto a la capacidad efectiva de hacer algo con tales tecnologías.
Ahora bien, en menos de veinte años hemos pasado del placer de la conexión a un deseo latente de desconexión (Francis Jaureguiberry). Del mismo modo que el ocio y la pereza fueron reivindicados en la era del trabajo o el decrecimiento en medio del éxtasis del crecimiento y la aceleración, han ido apareciendo en los últimos años diversos elogios de la desconexión. Las reivindicaciones de un derecho a desconectar se han venido sucediendo a medida en que eran más visibles los inconvenientes y las patologías de la hiperconectividad. Aumentan los diagnósticos que hablan de una verdadera dependencia provocada por el exceso de interpelaciones y la sobredosis comunicativa.
¿A qué se debe este malestar que surge allí donde hasta hace poco celebrábamos una verdadera orgía del contacto y la accesibilidad? De entrada, al hecho de que el imperativo de la conectividad es una forma de poder, una imposición que exige de nosotros disponibilidad continua. El hecho de no responder inmediatamente al teléfono, por poner un ejemplo cotidiano, es algo que ahora debemos justificar. El imperativo de la inmediatez comunicativa se ha convertido en una estrategia de abreviación de los plazos y generación de la simultaneidad, lo que incrementa la aceleración general y la cantidad de cosas que podemos (y debemos) hacer. Pensemos en el teletrabajo, que en pocos años ha pasado de ser una liberación a experimentarse como una maldición. Donde rige la teledisponibilidad permanente, la urgencia se contagia hasta el espacio privado, que ya no resulta protegido por la distancia física.
Existen aplicaciones que bloquean las redes sociales cuando uno quiere no ser interrumpido
El exceso de conectividad se vive subjetivamente como una carga porque el impulso de comunicar y expresar nos está situando fuera de todo autocontrol subjetivo. Seguramente hemos traspasado ya el umbral a partir del cual elnetworking se convierte enoverlinking, la complejidad resulta irreductible y la sensación más habitual es la de estar desbordado. Todo ello ha llegado a provocar una náusea telecomunicativa, una fatiga tecnológica que se traduce en un deseo de desconexión, aunque sea parcial.
Cada vez hay más problemas que tienen que ver con el exceso de conectividad: las decisiones se complican cuando intervienen demasiadas personas e instancias; donde esperábamos una crowd intelligence tenemos más bien una conducta adaptativa que dificulta la creatividad personal; hay conexiones siniestras que están en el origen de cierta corrupción (entre los poderes políticos, económicos y mediáticos) y que solo se resuelven desacoplándolos; experimentamos el agotamiento que supone no tener espacios libres de conexión o la obligación de estar siempre localizables... La idea de "enredarse" tiene cada vez más connotaciones negativas, que aluden a la pérdida de tiempo, a quedar entrampado, a una omisión de lo verdaderamente importante.
Frente a este malestar, aumentan las estrategias de desconexión. En primer lugar, las de tipo personal, en la gestión de la propia conectividad. El objetivo sería preservar el propio ritmo en un mundo que empuja hacia la aceleración y a defenderse de un ambiente telecomunicacional intrusivo. Algunos reivindican el derecho a hacer una pausa, a no atender todo lo que nos solicita. Aquí cabe mencionar toda una serie de prácticas de desconexión voluntaria que permiten la desintoxicación informativa, como gestionar la atención y reducir el número de las informaciones a las que se hace caso, o modos de rehusar la comunicación continua, como desconectar el teléfono o el correo electrónico mientras se trabaja. Como decía Deleuze se trataría de "crear vacíos de comunicación, interruptores, para escapar al control". La espera, el aislamiento y el silencio, que habían sido entendidos como una pobreza a la que había que combatir, pasan a ser opciones positivas que permiten construir la autonomía personal.
La ciudad nos enseña prácticas de indiferencia social útiles para civilizar el espacio digital
En Francia ha habido recientemente un debate en el que se ponía en cuestión que estar conectado veinticuatro horas fuera bueno para los trabajadores; hay empresas californianas que envían a sus empleados a estancias para curar su exceso de conectividad; se da el caso también de empresas que han prohibido todo correo profesional a partir de cierta hora y durante los fines de semana. Me da la impresión de que estar desconectado es algo que va poco a poco perdiendo algunas de sus connotaciones negativas, que ya no designa una deficiencia comunicativa sino una práctica voluntaria que puede ser beneficiosa. Tal vez ilustre este cambio de valores el hecho cotidiano de que las vacaciones se hayan convertido para muchos en algo que ponemos bajo la metáfora del "desconectar".
Las estrategias para desconectar pueden agruparse en las de tipo temporal o espacial, según sea la dimensión en que se realizan. Las desconexiones temporales tienen que ver con la recuperación de un tiempo propio en el que el individuo pueda encontrar sus propios ritmos, el sentido de la duración y de la espera, de la reflexión y la atención. Se basan en el descubrimiento, tras décadas de sumisión a la prisa, de que los tiempos propios (de la reflexión, la distancia y la maduración) son fundamentales para construirse a sí mismo como sujeto. A veces basta con adquirir hábitos elementales como no contestar inmediatamente o ralentizar el trabajo. Desconectar, en este sentido, no tiene por qué significar salirse del tiempo sino encontrar el propio ritmo y no dejarse imponer unas aceleraciones que son discriminatorias, que no se corresponden con el tiempo que nos caracteriza íntimamente o con el propio de nuestro modo de trabajar (como las exigencias de rentabilidad a los saberes humanísticos, por ejemplo, o un criterio de innovación tomado de las ciencias naturales).
Las estrategias de desconexión espacial consisten en un placer inédito para nuestros antepasados: "La felicidad de estar ilocalizable" (Miriam Meckel). Se trata de salir de un ámbito en el que rige el ideal —que termina convirtiéndose en obligación— de transparencia o de reivindicar el derecho a no estar geolocalizable, interrumpiendo dicha función en nuestros móviles y ordenadores.
Hay empresas californianas que envían a sus empleados a  curar su exceso de conectividad
De hecho, nuestros dispositivos desarrollan cada vez más estas posibilidades de desconexión. Del mismo modo que los coches tienen la posibilidad de desconectar el sistema de conducción asistida o los fusibles saltan en nuestras casas cuando la intensidad eléctrica es excesiva, ya existen aplicaciones que bloquean la tentación de las redes sociales como AntiSocial, Afirewall o SelfControl cuando uno quiere no ser interrumpido y pretende aislarse para trabajar durante un tiempo. Igualmente hay filtros cada vez más sofisticados para proteger a los niños en el espacio abierto de Internet. Cabe mencionar en este sentido, como un movimiento contrario al frenesí expresivo de las redes sociales, movimientos como Anonymous, que reflejan el deseo de despersonalizar ciertas intervenciones en la Red. O pensemos, sin ánimo de hacer la lista exhaustiva, en el hecho de que la seguridad de las comunicaciones tiene que ver con soluciones que dificultan la accesibilidad a cualquiera, es decir, con estrategias para limitar la conectividad.
¿Cómo equilibrar las ventajas de estar conectado con la libertad de no estarlo siempre ni absolutamente? Propongo pensarlo mediante una analogía con la ciudad y plantearnos como objetivo urbanizar el espacio digital. Los grandes teóricos de la vida urbana (como Simmel, Bahrdt o Goffman), a contracorriente del tópico que exaltaba la cercanía y autenticidad de los pequeños enclaves comunitarios, subrayaron el anonimato que hacían posible las grandes ciudades, la libertad frente al control, la indiferencia generalizada, una cierta desatención, esa combinación de relaciones y privacidad, donde uno puede decidir qué aspecto de la propia personalidad desvela u oculta a los demás. El sociólogo alemán Georg Simmel dijo algo acerca de la ciudad moderna que podría sernos muy útil a la hora de pensar el tipo de interacción que debemos construir con las redes sociales. Llamó la atención sobre el hecho de que las ciudades son formas "débiles" de comunidad y comunicación, en las que es posible una cierta indiferencia frente a las múltiples ofertas de interacción. A diferencia de lo que ocurre en el mundo rural, en ellas no es obligatorio saludar a todo el mundo, ni comprar a todos los que nos ofrecen algo, ni considerar como un desprecio que no se fijen en nosotros. En la ciudad es posible ignorar a otros y disfrutar la libertad del ser ignorado por otros, el derecho a la no intromisión, a no ser juzgado.
La ciudad nos enseña muchas prácticas de indiferencia social que pueden ser de gran utilidad para civilizar el espacio digital. La experiencia de la distancia urbana podría ser un modelo para pensar de qué modo disfrutar de las posibilidades de interacción que nos ofrecen las TICs sin renunciar a las diversas formas de libertad que sólo pueden disfrutarse mediante una práctica de desconexión.
En un mundo en el que la inmediatez y la vecindad son lo habitual, resulta imperativo recuperar el sentido de la distancia como algo que uno debe procurarse para ralentizar el ritmo de la comunicación y la decisión, para sustraerse a la influencia de las opiniones ajenas y pensar por cuenta propia, para decidir uno mismo en su propio espacio y con su propio tiempo. Si en el pasado la distancia era un obstáculo para muchas cosas, hoy es un instrumento que facilita la autonomía personal.
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EL GRAN NEGOCIO DEL HAMBRE... DE LOS OTROS ▼ El negocio de alimentar a la Humanidad | Economía | EL PAÍS

El negocio de alimentar a la Humanidad | Economía | EL PAÍS





El negocio de alimentar a la Humanidad

Los límites de las tierras de cultivo y el agua disponible obliga a los gobiernos y al sector alimentario a tecnificarse para afrontar la cada vez mayor demanda mundial de comida





Miembros de una delegación de EE UU visitan una refinería de azúcar en Candelaria (Cuba), el pasado 3 de marzo. / ALEXANDRE MENEGHINI (REUTERS)


El pasado día 1, en un terreno de dos millones de metros cuadrados a las afueras de Milán, se abría al público la Exposición Universal de 2015, con el lema “Alimentar al planeta, energía para la vida”. En los pabellones, una amplia representación de empresas, organizaciones internacionales y 110 países exhibirán durante seis meses el progreso de la industria de la alimentación.
Mientras, fuera, las protestas callejeras señalaban las contradicciones del evento. La delegación que más se ha gastado en su pabellón de la Expo de Milán (72 millones de euros) es Emiratos Árabes, un país en el que la agricultura representa un 0,8% del PIB y que importa la mayoría de los alimentos que consume. Pero la principal ironía de una celebración global de la buena alimentación es que, a pesar de que los seres humanos consumen, en promedio, 2.868 calorías diarias, alrededor de 800 millones de personas sufren malnutrición crónica. Y aunque es una cifra que se ha reducido en los últimos 20 años (según la agencia alimentaria de Naciones Unidas, la FAO, el porcentaje de personas pasando hambre ha caído del 18,7% al 11,3%), el tamaño del problema sigue siendo enorme.
La alimentación en el planeta se sostiene sobre unos 570 millones de granjas







La alimentación en el mundo se sostiene sobre las 570 millones de granjas que, según la FAO, hay en el planeta. La inmensa mayoría (alrededor de un 80%) son pequeñas explotaciones familiares, por lo que el verdadero poder reside en sus mayores compradores: la industria agroalimentaria. Es un sector grande (según un informe de Bank of America Merrill Lynch, la industria vale 2,3 billones de euros, una cifra equivalente al PIB de Brasil y a un 3% de la economía global), poderoso y longevo: las tres mayores empresas del sector por ingresos (Nestlé, Archer-Daniels y Bunge) son centenarias. En gran medida, la seguridad alimentaria del planeta en el futuro dependerá de lo que hagan hoy estas grandes multinacionales.
Tradicionalmente, el sector agroalimentario ha sido un negocio familiar, pero la solidez de la industria ha atraído a inversores de todo el mundo. Dos de los más famosos, la estadounidense Berkshire Hathaway (con Warren Buffett a la cabeza), y la brasileña 3G Capital, se han coordinado en los últimos años en megaoperaciones de concentración. En 2013, se unieron para comprar Heinz, famosa por sus salsas y enlatados, en una adquisición de 28.000 millones de dólares (22.000 millones de euros). En marzo de este año, se volvieron a juntar para hacerse con Kraft Foods, otra fusión milmillonaria.
No es el único caso. En 2013 el mercado global de carnes vivió dos macrofusiones: la compra de Hillshire por Tyson Foods en 2013 (una operación de 8.550 millones de dólares) y la de la británica Smithfields por la china Shuanghui, por más de 7.000 millones, una operación que incluyó en parte a la española Campofrío.
Este proceso de concentración preocupa a las organizaciones no gubernamentales especializadas en alimentación. “El sector está en muy pocas manos, desde los insumos hasta la distribución, pasando por las grandes comercializadoras de grano”, explica Lourdes Benavides, 


responsable de seguridad alimentaria de Oxfam Intermón. “Eso les da un gran poder a lo largo de la cadena, tanto de fijación de precios como de control de reservas, eso sin hablar de su influencia a la hora de tomar decisiones políticas”.
Los grandes inversores buscan en el agroalimentario un sector sin sobresaltos, pero el futuro de la industria tiene enormes y costosos desafíos por delante. Según la FAO, dar de comer a los 9.600 millones de seres humanos que habitarán el planeta en 2050 necesita inversiones por valor de 83.000 millones de dólares al año. Y, en su mayor parte, tendrán que venir de la caja de las empresas. “Ya no concebimos alcanzar ninguna meta sin el sector privado”, comenta Marcela Villarreal, directora de Asociaciones de la FAO. “Es el que más ha cambiado su rol. En el pasado lo considerábamos un financiador. Hoy es un actor más. Estamos haciendo un llamamiento para que no solo se comporte de forma responsable, sino que contribuya de manera medible a las metas con instrumentos y guías”.
¿Y cuáles son los retos? Para empezar, tierra y agua. Solo un 11% de la superficie terrestre del mundo es cultivable, pero eso es más que suficiente para alimentar a toda la Humanidad. De hecho, un estudio patrocinado por la Fundación Rockefeller da por superado el peak farmland: el punto en el que más tierra ha sido necesaria para dar de comer al mundo. La desaceleración del crecimiento de la población y la mejora de la productividad harán reducirse esta cifra. Pero el problema es que este último dato solo es cierto si los hábitos de consumo se mantienen como ahora. Y no es así. Según la FAO, hasta 2050 la tierra cultivable deberá crecer un 70% para abastecer a todo el mundo. En 1961, había 2,5 hectáreas de tierra cultivable por habitante y en 2050 habrá menos de 0,8. Al mismo tiempo, se necesita un incremento de 64.000 millones de metros cúbicos de agua dulce cada año para adecuar la producción agroalimentaria a la demanda.
Un futuro ya de por sí complicado que se agrava cuando se incluye el cambio climático en la ecuación. El efecto es especialmente notable en las regiones tropicales y ecuatoriales. En Asia, donde la implantación de regadíos permitió un gran aumento de la productividad, la mayor inestabilidad del clima puede echar a perder los logros ganados. En algunos países africanos, la rentabilidad agrícola puede reducirse en un 50%.
Los problemas derivados del cambio climático se extienden pronto a toda la economía. “En 2010 y 2011, los años previos a la Primavera Árabe, hubo una sequía grave en todo el norte de África: Túnez, Libia, Egipto”, recuerda Kanayo F. Nwanze, presidente de IFAD, el brazo financiador de la FAO. “El precio del pan subió, la gente tuvo que emigrar a ciudades ya saturadas… El cambio climático trae crisis, trae inestabilidad”.
¿Cuáles son las posibilidades de negocio en éste nuevo mundo? El interés de varias instituciones o incluso Gobiernos, como el de Corea del Sur, por hacerse con tierras de cultivo en varios países africanos ha despertado muchísima polémica, aunque la realidad esté siendo algo distinta: “Llevamos varios años haciendo un seguimiento y es difícil cuantificar cuánto existe en realidad, si se aumenta o se estabiliza”, comenta Benavides. “Pero sigue ahí y se sigue regulando bastante mal. Muchas tierras ni siquiera se ponen a cultivar, por lo que los agricultores locales no tienen acceso”.
El cambio climático añade dificultad a un sector, sobre todo en el trópico
El negocio y el futuro de la producción alimentaria, según los analistas, está en las soluciones tecnológicas. “En inglés lo llamamos more crop per drop: más cosechas por cada gota de agua”, considera Sarbjit Nahal, estratega de Bank of America Merrill Lynch. “Hay oportunidades de negocio en el tratamiento, gestión, infraestructura y suministros de agua, así como en semillas y productos agrícolas tolerantes a la sequía, agricultura de precisión”.
Grandes empresas del sector ya están trabajando en ello. “Los productos para la protección de las plantas están yendo más allá de los fitosanitarios”, comenta Carlos Vicente, director de Sostenibilidad de Monsanto para Europa. “Hay productos desarrollados a partir de mecanismos que ya se encuentran en la naturaleza, como productos microbianos que ayudan a controlar plagas y potenciar el rendimiento, o el ARN de interferencia, que son instrucciones que hacen que plagas, malas hierbas o incluso parásitos de insectos beneficiosos, como las abejas, no hagan el daño que pueden hacer”.
Las posibilidades tecnológicas ya existen. “El regadío por aspersión utiliza mucha menos agua que la inundación”, explica el tecnólogo Ramez Naan en una entrevista al proyecto Future Foods 2050, organizado por el Instituto de Tecnología de los Alimentos (ITF). “Aunque sea un simple cambio como regar por la noche, cuando hay menos posibilidades de pérdidas por evaporación”. “En muchos casos, el que decide qué se riega y a qué hora es el agricultor, que la mayor parte de las veces es el propietario de la finca”, explica Juan Carlos Jiménez, socio fundador de IG4 Agronomía, una empresa de Huelva dedicada a aplicar las nuevas tecnologías al regadío. Y su criterio es por aproximación y observación: ahora 20 minutos, ahora tantas horas. “Lo que nosotros hacemos ir a la raíz, donde se ve qué le pasa a cada planta. Medir la humedad, la temperatura, ver que se usa la cantidad adecuada de agua y fertilizante”.
También el sector de la maquinaria agrícola está haciendo avances. “Todas las empresas están trabajando para que haya equipos más inteligentes, tractores que puedan medir qué le pasa a la planta por la que pasan”, explica Ulrich Adam, presidente de la patronal europea CEMA. “Incluso en países desarrollados, donde la productividad no puede crecer mucho más, se están consiguiendo mejoras en los rendimientos de entre un 3% y un 4%, y, lo que es realmente bonito, con mucho menos agua y fertilizantes”. Según Bank of America Merrill Lynch, el mercado de equipamientos agrícolas pasará de 130.000 millones de dólares en 2013 a más de 208.000 millones en 2018, un aumento del 60% en cinco años. Solo el mercado de drones (aviones no tripulados) de uso agrícola está estimado en 2.000 millones de dólares.




Para el grueso de los analistas, los mayores rendimientos pasan por un uso más intensivo de la tecnología. El reto está en llevarla a los mercados emergentes y a los pequeños agricultores. “Mucha de la agricultura en África se hace a base de azadón”, comenta Villarreal. “No solo es muy poco productivo, es dañino: eso deja a los granjeros con la espalda doblada en dos”. Desde las organizaciones internacionales se apuesta por la creación de cooperativas y asociaciones de pequeños granjeros para obtener las economías de escala necesarias para la mecanización. “Hay que organizar a los agricultores”, defiende Nwanze. “Hay iniciativas muy buenas que se están llevando a cabo en África”, explica Villarreal. “Juntar 20, 30, 40 agricultores para que puedan comprar un tractor. Y es un buen negocio para todos: para quien compra el tractor y para quien lo vende”. “Las nuevas tecnologías son caras porque requieren de una inversión de capital”, reconoce Ulrich Adam, “pero lo que pasó con la telefonía móvil, que ha entrado muy fuerte en el campo y ahora tiene una presencia enorme, puede pasar con otras tecnologías. La revolución digital puede hacer que la agricultura no sea tan intensiva en capital como lo es ahora”.
La tecnología también será indispensable cuando la industria agroalimentaria deba enfrentarse al cambio en el paradigma energético. El drástico aumento de la producción de hidrocarburos gracias a la fracturación hidráulica puede haber reducido las presiones económicas sobre los granjeros, pero el empuje de los objetivos de reducir emisiones de dióxido de carbono y el abaratamiento de las energías alternativas supondrían un cambio dramático en el sector.
La expansión del mercado de biocombustibles ha sido responsabilizada de la creciente demanda de tierras a nivel global, pero es poco si lo comparamos con el imparable aumento del consumo de carne. El 60% del incremento de producción de alimentos que se produzca hasta 2025 estará destinado a piensos. En la mayoría de países emergentes, el consumo de carne es un símbolo de modernidad y estatus: la señal de que se ha llegado a la clase media. “Pero si toda la Humanidad comiera carne como en Occidente, no habría planeta suficiente”, considera Villarreal.
Pero, posiblemente, el desafío tecnológico más serio es transporte y almacenaje de los alimentos. Un estudio patrocinado por la FAO estima que, en Norteamérica y Oceanía, hasta un 60% de las raíces y tubérculos se pierde en el camino que va desde el campo al consumidor. En el norte y centro de África, hasta un 55% de la fruta. “Uno viaja por Colombia y encuentra mangos preciosos tirados en el suelo”, comenta Villarreal. Desarrollar redes de transporte y cadenas de frío requieren grandes inversiones. No es la única solución posible. “Las producciones son más eficientes y menos costosas cuanto más cerca están de las zonas de consumo”, reflexiona Carlos Vicente. “Puede que la solución sea que los agricultores puedan abastecer a las poblaciones en sus zonas de origen”, añade.
La agricultura de precisión se abre camino como una alternativa muy viable 
Tecnologías como la de granjas urbanas podrían impulsar este movimiento, pero, para Ulrich Adam es más una cuestión de hábitos de consumo. “En el mundo desarrollado, la mayor parte de las pérdidas se produce en nuestros frigoríficos”, considera, “y por la distribución. Sobre todo mucha fruta y verdura se tira porque no tiene los criterios de calidad que exigen los consumidores. La tecnología puede ayudar a producir fruta más bonita, pero también quizás sea una cuestión de educar al consumidor para que no quiera comida perfecta en todo momento”.
La calidad de los alimentos también preocupa a los consumidores, tanto en los países tradicionalmente industrializados como en los emergentes. En 2008, una epidemia de dolencias renales empezó a afectar a miles de bebés en China. Pronto se encontró que la responsabilidad era de un lote de leche infantil adulterada con melamina, un pegamento industrial. Fue la primera de varias sonadas crisis alimentarias en el país asiático. Otras crisis, como la de las vacas locas en Europa y Norteamérica, han puesto presión sobre la industria y le han obligado a redoblar sus esfuerzos por garantizar la seguridad de los productos que vende.
Por otro lado, los consumidores buscan cada vez más variedad, cada vez más salud y cada vez más autenticidad en los productos que consumen. Y el sector responde. “Hoy en día, dos de cada tres compañías de la industria alimentaria están dedicadas de forma permanente a alguna clase de innovación”, explican desde el grupo de presión en Bruselas de la patronal europea del sector, FoodDrinkEurope. “El 50% de los productos que vemos en los supermercados hoy no estarán en los lineales dentro de cinco años”. “Los mercados son muy sensibles ante los temas medioambientales”, comenta Jiménez. “Cada vez se busca más la huella del agua, si se ha hecho un uso respetuoso del agua en la producción”.
El cambio en las preferencias de los consumidores también ha fomentado el crecimiento de pequeñas compañías fuera de los grandes grupos empresariales, especializadas en productos muy específicos creados con unos estándares muy difíciles de alcanzar por la producción en masa. “Nunca se han creado más empresas emergentes en la industria alimentaria como ahora”, comenta Michael Boland, profesor de la Universidad de Minnesota y experto en la evolución del sector agroalimentario. “Hay muchas rupturas con el pasado ahora mismo”.
“La inversión del sector empresarial al desarrollo agrícola es de hasta el 75% del total”, explica Nahal. ¿Vale la pena desde un punto de vista económico? “La inversión en I+D agrícola continua siendo una de las inversiones más productivas ahora mismo”, considera. “Ofrece tasas de retorno de entre el 30 y el 75%”. Un estudio de más de 200 proyectos de regadíos del Banco Mundial entre 1960 y 1995 habla de una tasa de retorno del 15%.
Para los países hay un incentivo adicional: eliminar el hambre no es solo un imperativo moral, sino que tiene sentido desde un punto de vista económico. Bank of America Merrill Lynch calcula que el hambre tiene un efecto en la economía global de dos billones de euros, casi el equivalente al peso del sector alimentario entero. Demasiada riqueza como para dejar que se pierda.

CUBA E IRÁN, DE NUEVO EN EL ESCENARIO ► Los iraníes se preparan para el día después del acuerdo nuclear | Internacional | EL PAÍS

Los iraníes se preparan para el día después del acuerdo nuclear | Internacional | EL PAÍS

Los iraníes se preparan para el día después del acuerdo nuclear

Después de 36 años de aislamiento internacional, la apertura al mundo despierta enormes expectativas







Dos iraníes en un centro comercial en Chabahar. / ATTA KENARE (AFP)




El acuerdo nuclear aún tiene que salvar los últimos obstáculos antes de la fecha límite del 30 de junio, pero los iraníes ya se están preparando para el día después. Sólo hay que asomarse a una de las clases de la flamante Iranian Business School (IBS), en Punak, un barrio del oeste de Teherán. En un discreto edificio, entre un colegio y un salón de ceremonias, 26 ejecutivos (7 de ellos mujeres) cursan el primer máster en administración de empresas (MBA) de nivel internacional que se imparte en Irán. “Si se da el paso adelante, vamos a necesitar gente con capacidad gestora”, declara Rouzbeh Pirouz, el impulsor de esta escuela sin ánimo de lucro.
“Una vez que se abra la puerta, los negocios no pueden llevarse igual; tanto las empresas familiares como las estatales tenemos que cambiar”, afirma uno de los alumnos, Mani Bidar, quien tras estudiar ingeniería se prepara a sus 36 años para tomar las riendas del negocio familiar de explotación agrícola e importación de maquinaria. Bidar, que nació en Cullera (Valencia) donde su madre estaba de vacaciones, pone de ejemplo los coches que se fabrican en Irán: “No han variado en 40 años porque no hemos tenido competencia”.
Él, como el resto de sus compañeros del máster (que se imparte en colaboración con la Universidad Aalto de Finlandia), quiere estar listo para ese momento en el que haya que competir con el resto del mundo. La mayoría podría haber cursado un MBA en Estados Unidos o en Europa, pero hacerlo en su país, además de la comodidad de estar en casa, envía un mensaje de confianza en el futuro.
La misma confianza que ha mostrado Pirouz desde que decidió volver a Irán a finales del siglo pasado, dos décadas después de que la revolución se incautara de las propiedades de su familia y enviara a sus padres al exilio. Hoy preside Turquoise Partners, una firma financiera que tramita el 90% de todas las inversiones extranjeras en la Bolsa de Teherán. Pero para este alumno de Oxford, Harvard y Stanford, IBS es la niña de sus ojos. En un país que lleva 36 años aislado, explica, falta conocimiento de la economía global y de las buenas prácticas en la gestión empresarial.
“Tras el anuncio de Ginebra, las posibilidades de acuerdo estaban al 50%; después de Lausana, se han elevado a 80%”, se atreve a pronosticar.
Los inversores extranjeros se lo ven venir. A menudo resulta difícil encontrar habitación en los (escasos) hoteles de Teherán debido a las delegaciones comerciales que compiten en número con los grupos de turistas.
“Irán es el último gran país emergente todavía virgen, tiene 80 millones de habitantes con un elevado nivel educativo”, justifica Pirouz.
No es sólo un atractivo mercado potencial, sino una bolsa de mano de obra cualificada para las empresas con interés de establecerse en el país. Según cifras oficiales hay 5,7 millones de licenciados universitarios sin trabajo y otros 4,5 millones de camino.
Las expectativas son enormes. “El acuerdo va a aclarar el destino político de nuestro país”, defiende un embajador retirado que simpatiza con el Gobierno de Hasan Rohaní. Pero no todo el mundo es tan optimista. “Según se ha ido alargando la negociación y han aumentado las exigencias de EEUU, también la gente se ha hecho más realista; y sabe que el cambio no será total, si acaso económico”, apunta Ali Shiraví, un responsable de la oficina de medios extranjeros.
“No creo que la mejora vaya a notarse antes de un par de años”, advierte, por su parte Saloome Ghorbani, que a sus 35 años es directora de compras de la multinacional JTI y una de las estudiantes de IBS becadas (al 50% por la escuela y al 50% por su empresa). “Hay que combatir la idea de que todos vamos a dejar de conducir coches chinos de la noche a la mañana. No es realista”, añade.
A Behnaz S., un padre de familia cuyo sueldo de contable ha perdido la mitad de su valor en los dos últimos años, no le preocupa conducir un coche chino, sino ganar lo suficiente para sacar adelante a su familia sin tener que trabajar como taxista pirata por las noches. “No sé si eso será posible con este régimen”, manifiesta sin querer hacerse ilusiones.
“Hay más esperanza que confianza”, admite otro de los estudiantes del MBA, Alidad Varshochi, de 38 años y cuya familia es propietaria de la mayor empresa de biotecnología agrícola del país. “Es una situación frágil y delicada. Un montón de cosas pueden salir mal. Espero que no, pero me preocupa la inseguridad regional”, agrega.
Su compañero Bidar estima que ya se están viendo los cambios antes incluso de que se firme el acuerdo. “A diario recibo llamadas de mis contactos en España preguntando cómo están las cosas y las oportunidades de inversión”, explica. “Hay un factor psicológico. Las compañías han empezado a actuar diferente y la gente está gastando más”, asegura.
Tal vez aún no sea tangible, como señala Ghorbani, pero es un primer paso. Además, no sólo en los ambientes empresariales se percibe el optimismo. En el mundo de la Cultura, también hay ejemplos de una ligera liberalización. “El último Festival Fajr de Cine invitó a Abbas Kiarostami y se inauguró con su película Copia Conforme, que hasta ahora no se había podido ver aquí”, cuenta una cineasta iraní que ve en ello un gesto esperanzador.
La mayoría da por hecho que va a lograrse el acuerdo. “Se ha invertido demasiado esfuerzo para tirarlo por la borda”, interpreta un embajador occidental, convencido del que el núcleo del mismo ya está negociado. Las discrepancias surgen sobre las consecuencias políticas de ese paso.
“Irán no ha estado aislado por elección sino por las circunstancias; si se levantan las sanciones, todo lo demás será inevitable”, opina Pirouz. “Sin duda vamos a cambiar; el problema es a qué ritmo”, apostilla un joven autónomo que hace tan sólo tres años pensaba en emigrar y ahora analiza en qué sector le resultará más rentable trabajar.

PENTECOSTÈS

sábado, 23 de mayo de 2015

DERECHOS, PERO NO TANTO ▼ CIERTA HUMANIDAD NO ENTIENDE QUE TODOS SOMOS NACIDOS DE MADRE, INCLUYENDO LA PROPIA TIERRA ► Igualdad de género: El alto valor de la mujer mediterránea | Planeta Futuro | EL PAÍS

Igualdad de género: El alto valor de la mujer mediterránea | Planeta Futuro | EL PAÍS



El alto valor de la mujer mediterránea

Un foro organizado por la Unión por el Mediterráneo reúne a 250 políticos y activistas

Buscan soluciones a la discriminación salarial y de oportunidades de ellas en Barcelona





Sukeina El Bouj, beneficiaria de programas de empleo, durante las conferencias del foro organizado por la Unión por el Mediterráneo.AMPLIAR FOTO

Sukeina El Bouj, beneficiaria de programas de empleo, durante las conferencias del foro organizado por la Unión por el Mediterráneo. / UFM


"Las mujeres tienen más difícil el acceso al mercado de trabajo, cobran salarios más bajos y no tienen las mismas oportunidades para progresar en sus carreras". Delphine Borione, subsecretaria general de la Unión por el Mediterráneo (UfM, por sus siglas en inglés), abría el pasado 19 de mayo con estas palabras el Foro para Promoción de la Mujer que se celebra estos días en Barcelona. El encuentro, organizado por esta institución que aglutina a 43 países, ha reunido a más de 250 expertos, representantes políticos y activistas para buscar soluciones y compartir experiencias de éxito para lograr la igualdad de género en el ámbito laboral, algo que podría incrementar hasta un 25% el producto interior bruto de la región, según estimaciones de la UfM.
Pese a los avances que se han producido en la lucha contra la desigualdad en muchos países, sobre todo con la aprobación de leyes que reconocen los mismos derechos a hombres y mujeres y condenan la violencia de género, los datos todavía indican que se está lejos de una igualdad real y efectiva, sobre todo en Oriente Medio y el norte de África (llamada región MENA, por sus siglas en inglés). Así, mientras que en Europa, el 52% de los emprendedores son mujeres, en la ribera sur del Mediterráneo ellas son solo el 25% de los jóvenes empresarios. Esta desigualdad hombre-mujer y norte-sur también se evidencia en la participación femenina en las instituciones públicas con un escaso 28% de representantes mujeres en Europa, y apenas un 16% en las naciones MENA.
Una de las mujeres que forma parte de ese 16% es Samira Maraii Friaa, ministra de Mujer, Familia e Infancia de Túnez. “Después de la revolución de 2011 ha habido grandes avances en el país. Ahora, tenemos un Gobierno elegido democráticamente y estamos preparados para promover la igualdad entre hombre y mujeres tal como recoge nuestra Constitución”, subrayó la mandataria durante su intervención. “Siempre he luchado por los derechos de las mujeres y ahora, desde mi cargo, tengo que combatir todas las formas de discriminación. Por eso, hemos empezado a crear puntos de información sobre igualdad en diferentes ministerios e instituciones y estamos elaborando leyes contra la violencia de género y normas para promover el empleo femenino”, expuso. Maraii reconoció la necesidad de la ayuda internacional proveniente, principalmente, de la Unión Europea para continuar con estos planes nacionales, sobre todo, para invertir en proyectos de jóvenes empresarias. “Ellas deberían tener las mismas oportunidades, pero lo cierto es que sufren mayores dificultades para acceder a financiación respecto a los hombres”, denunció.

Samira Maraii Friaa, ministra de Mujer, Familia e Infancia de Túnez.
Samira Maraii Friaa, ministra de Mujer, Familia e Infancia de Túnez. / UFM
El caso de la marroquí Soukeina El Bouj es un ejemplo de que, con apoyo, formación e inversión, ellas pueden emprender sus negocios con éxito. Licenciada y con un master en Finanzas por la universidad Hassan I, entre 2011 y 2013 trabajó como adjunta a la dirección en un colegio privado. Y tuvo una idea, un sueño: “Crear una escuela privada en un área rural con el convencimiento de que los que niños que viven en zonas remotas tienen el mismo derecho a recibir educación", detalla. En septiembre de 2014 obtuvo una beca de la Banco Europeo de Inversiones (BEI) en Luxemburgo para convertir ese pensamiento en una realidad. Durante seis meses, se formó y aprendió a poner en práctica los conceptos que había aprendido en la universidad, según explica ella misma. En marzo lanzó su empresa, abrió su escuela de educación primaria y secundaria. “Ahora creo que mi proyecto será un éxito”, zanja.
Hay historias como la de El Bouj que dejan un espacio para la esperanza. Pero, enérgica tras el atril, Zita Gurmai, presidenta de la Internacional Socialista de Mujeres, hizo un discurso que cayó como un jarro de agua fría: “¡Vosotras tenéis que trabajar dos meses más que los hombres para ganar lo mismo!”, espetó. Se refería en estos términos a la discriminación salarial que sufren las mujeres en todo el mundo, también en la UE, donde ellas cobraban de media un 37% menos que los hombres en 2010 (datos oficiales más recientespublicados en un informe de 2014 sobre la materia por la Comisión Europea). “En la Unión Europea tenemos que conseguir que el 75% de las mujeres tengan un trabajo, el mismo porcentaje que hombres, y no como ahora que solo el 63,5% tiene un trabajo”, prosiguió en un claro aviso a quienes dan por conseguida la igualdad en la mitad norte del Mediterráneo. “Las mujeres son la solución contra la pobreza”, afirmó rotunda. Pero ellas son, según el citado estudio, las que más sufren la miseria: 65 millones de mujeres y 57,5 millones de hombres estaban en riesgo de pobreza y exclusión social en Europa en 2013.
El producto interior bruto de la región podría incrementarse un 25% si se corrigiesen las desigualdades de género en el acceso y promoción en el empleo



Tres días dedicarán en total los invitados por la Unión por el Mediterráneo a compartir sus opiniones y, sobre todo, sus proyectos de éxito en la búsqueda de soluciones prácticas para reducir las tres grandes brechas de género respecto al trabajo: de acceso, salario y oportunidades de promoción. Lo hacen en tres idiomas —francés, árabe e inglés— en torno a tres mesas de trabajo en las que abordan el papel de las mujeres en los medios de comunicación, las posibilidades de empleo en la economía social y solidaria, así como en la llamada green economy (negocios verdes/ecológicos). La discusión es acalorada en alguno de esos grupos de trabajo que, uno a uno, reciben la visita de Fathallah Sijilmassi, secretario general de la UfM.

Igual de buenas... o mejores

“Estamos aquí para algo más que bla bla bla y llegar a la conclusión de que las mujeres son igual de buenas que los hombres… o mejores”, advertía Gurmai en su intervención, arrancando la risa y el aplauso del público que abarrotaba el salón de actos de la sede de la UfM. Varios proyectos avalados por esta institución —“lo que significa que los 43 países miembros los apoyan”, subrayan fuentes del organismo internacional— son presentados estos días. En el escenario y entre cafés, tras el atril o en corrillos informales las ideas fluyen de un lado a otro del Mediterráneo para servir de inspiración y ejemplo a otros países, entidades de la sociedad civil o autoridades que quieran tomar medidas reales para que las mujeres emprendan, ganen y progresen en sus empleos.
Es el momento de la acción, coinciden en señalar los expertos. La ministra tunecina también quiso extender este llamamiento a quienes debaten los objetivos de desarrollo sostenible que se decidirán el próximo septiembre para los próximos 15 años. “Este 2015 se cumplen 20 años desde la conferencia de Beijin, terminan los Objetivos del Milenio y se fijarán otros nuevos. La perspectiva de género debe permear toda la agenda”, solicitó. “Ninguna sociedad será capaz de desarrollarse si no se aprovecha de sus hombres y mujeres”.
el dispreciau dice:
1. las clases políticas, sean de derecha o de izquierda, sean demócratas o republicanos, sean conservadores o socialistas, sean cristianos, dictadores, o esclavistas... están en caída libre, cocinándose en su propio caldo de mierdas...

2. Europa está dando el ejemplo de: deshumanización progresiva de la civilización otrora humana... de nazismo-sionismo enloquecido por hipotecarle la vida a los mortales, a como sea y al precio que sea... de desintegrar a las sociedades que intentan permanecer unidas... de arrasar con los valores, imponiéndole mediatismos corporativos... denigrar la condición de la mujer... enaltecer el desprecio a través del esclavismo y el asalto a las dignidades de las personas...

3. los estadismos han desaparecido de la faz de la Tierra, siendo reemplazados por dictadores de tiempo limitado, funcionales al poder corporativo que depreda la Tierra y los derechos humanos y ciudadanos a su antojo, dictadores que se disfrazan de demócratas pero que carecen de capacidades...

4. el primer mundo... el de las supuestas potencias... se está desintegrando a partir de sus propias sociedades, mediante violencias, mediante negligencias, mediante pobrezas, mediante aislamientos masivos, mediante marginaciones selectivas...

5. las corporaciones han podrido la esencia humana, sus valores, sus éticas, sus contenidos, y sobre todo, ha oxidado la cultura humana, desagregando valor genuino para sustituirlo por miserias humanas disfrazadas de "servicios", "productos", y basuras que no sirven para nada...

6. las economías quebradas del primer mundo, del imperio y sus secuaces, se han llevado puesta a la humanidad como un todo... 

7. hay evidencia plena del euro quebrado...

8. hay evidencia plena del dólar quebrado...

9. hay evidencia plena de que la China política es una mentira que sólo facilita la dispersión de sus intereses y la invasión de sociedades indefensas...

10. la ausencia de los estados progresa de modo proporcional a su burla hacia los derechos humanos y ciudadanos de toda la sociedad humana compuesta por anónimos, desconocidos y mortales...

11. la vigencia de los estados narcos facilita la connivencia política con la delincuencia en cualquiera de sus formas, con las violencias, con las inseguridades, que imponen miedo a cambio de anarquías a escala... América Latina es el mejor ejemplo de la narconización planetaria, algo que facilita dominar a los prójimos a través de sometimientos masivos de sociedades consumidas por la droga, el alcohol, y la ignorancia sembrada desde las pobrezas necesarias para que la justicia injusta sostenga en alto los derechos de los victimarios por sobre los derechos de las víctimas...

12. la depredación de los recursos del planeta no salvará a nadie... ni siquiera a los depredadores...

13. el que se apropie del agua dulce... morirá de sed... al igual que el resto de los mortales...

14. el creador del "cautiverio" de los otros... morirá en el seno de su propia creación... esto es en el campo de concentración globalizado de los otros...

MAYO 23, 2015.-